Queridos lectores de Comunidad Cristiana:

 

Los saludo con mucho cariño desde Seúl, Corea del Sur, en este Domingo XXXI del Tiempo Ordinario; que la paz de Cristo esté con todos ustedes. Quiero compartir con todos ustedes mi reflexión dominical desde este país asiático, en donde participo en el Foro de Paz.

 

Hoy, la Palabra de Dios nos da una clave fundamental: hay que saber distinguir las palabras y las obras. Con referencia al proceder hipócrita de los fariseos, dice: “Hagan todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra” (Mt 23,3). Cristo, con gesto profético, invita a abolir el amor a los privilegios. Pablo nos invita a purificar y levantar el amor a las personas. Estas dos invitaciones se encuentran y abrazan en tierras de la humildad. Esta es la virtud que hermana. Más allá de nuestros títulos, posición social o nivel económico, ¿qué somos?: Hombres y mujeres necesitados todos de redención, de comprensión, de caridad y de paz.

 

En este sentido, el Foro de Paz en Corea, en el que estoy participando, cuyo tema es Justicia y Paz, Caminos hacia la Pacífica Península Coreana, Cristo nos invita para que de palabra y obra defendamos y nos comprometamos en esta verdad de paz. Nos llama a dejarnos iluminar por el resplandor de la verdad, a emprender de modo casi natural el camino de la paz. La paz no puede reducirse a la simple ausencia de conflictos armados, sino que debe entenderse como «el fruto de un orden asignado a la sociedad humana por su divino Fundador», un orden «que los hombres, siempre sedientos de una justicia más perfecta, han de llevar a cabo». La paz es un don celestial y una gracia divina, que exige a todos los niveles el ejercicio de una responsabilidad mayor: la de conformar –en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor– la historia humana con el orden divino.La paz es un anhelo imborrable en el corazón de cada persona, por encima de las identidades culturales específicas.

 

Hermanos, pidamos a María, nuestra Madre, que ayude a todo el Pueblo de Dios, especialmente a su pueblo que camina en Corea del Sur, a sus pastores y ovejas, a ser en toda situación agente de paz, dejándose iluminar por la Verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32). Que por su intercesión, este país, nuestro México y toda la humanidad incremente su aprecio por este bien fundamental de la paz. Les pido que pongamos en las manos de Dios todos los medios prácticos que se están estudiando en este Foro para lograr la paz en la península de Corea y la reconciliación entre todo el pueblo coreano.

 

 

Con mi oración, cariño y bendición.

En Cristo, nuestra Paz

 

 

+ Carlos Garfias Merlos

Arzobispo de Morelia