† Alberto Cardenal Suárez

Inda, Arzobispo de Morelia

Una vez más me permito compartir algunas reflexiones acerca del tema preocupante de los así llamados matrimonios igualitarios, que propuso el Presidente de la República como una iniciativa a discutirse en la Camara de Diputados de la Federación.

En primer lugar, hay que reafirmar que la Iglesia no está en contra de nadie ni quiere menospreciar a persona alguna. Hablando de las personas con tendencias homosexuales, el Papa Francisco afirma que “toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar todo gesto de discriminación injusta, y particularmente cualquier forma de agresión y violencia” (Amoris laetitia, 250).

Por otra parte, no hemos de esperar que los legisladores, jueces o funcionarios públicos piensen y actúen con base en determinadas convicciones religiosas. Pero sí anhelamos que tutelen con responsabilidad las instituciones básicas de la sociedad como son el matrimonio y la familia. Ciertas decisiones de la Suprema Corte de Justicia nos parecen unilaterales al ignorar la cultura y el sentir de muchos.

Pero no se trata de un asunto de mayorías que se impongan o minorías que se sientan discriminadas. El matrimonio entre hombre y mujer, y la familia compuesta de padre, madre e hijos, son elementos fundamentales de una ecología humana que afecta a todos, cuyo descuido nos puede dañar como la contaminación ambiental del agua o del aire.

Es muy clara la enseñanza del Papa Francisco en su Carta Encíclica “Sobre el cuidado de la casa común” cuando escribe: “La ecología humana implica algo muy hondo… La valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente... Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda cancelar la diferencia sexual” (Laudato si’, 155).

En una de sus catequesis del año pasado, el mismo Papa decía: “La familia es el sujeto protagonista de una ecología integral, porque es el sujeto social primario, que contiene en su seno los dos principios-base de la civilización humana sobre la tierra: el principio de comunión y el principio de fecundidad”.

En un momento en que se discute tanto sobre el tema de la educación y los maestros, hay que recordar que el hogar es la primera escuela, y que los padres de familia tienen la obligación y el derecho fundamentales de educar; la Escuela y el Estado han de ejercer su misión subsidiaria ayudando al crecimiento integral de los niños y los jóvenes que tienen su propio derecho y han de ser respetados por todos.