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Cuánta razón tenía el obispo San Agustín al escribir que “vamos caminando entre las angustias del mundo y los consuelos de Dios”. Esta semana ha sido para nuestra diócesis tiempo de angustia y de dolor, pero también de consuelos muy grandes.

La desaparición del P. José Alfredo López Guillén de su Parroquia de la Santísima Trinidad, en Janamuato, nos consternó. Desde que recibimos la noticia, el miércoles por la tarde, hasta el domingo por la mañana, pasamos varios días de incertidumbre, especialmente sus familiares y su comunidad.

La difusión de algunas noticias e interpretaciones maliciosas hacia más dolorosa la situación. Era preferible guardar silencio y esperar, ya que la verdad sale a relucir tarde o temprano. Como suele decirse, contra los hechos, no hay argumentos que valgan.

Debo reconocer que la Procuraduría del Estado ha actuado con profesionalismo. Confiemos en que se dé seguimiento a la investigación. Hasta ahora lo que sabemos es que el padre fue asesinado pocas horas después de que lo secuestraran, y su cuerpo fue abandonado a unos cuantos kilómetros, llevándose su automóvil así como una camioneta de la parroquia y algunos otros objetos de valor.

He recibido innumerables muestras de cercanía, comenzando por la mención que hizo el papa Francisco, asegurando su “oración por el querido pueblo de México, para que cese la violencia que en los últimos días ha golpeado a varios sacerdotes”. Muchos obispos han estado llamando. Se ha manifestado la solidaridad en el presbiterio y la preocupación por el hermano. Fue impactante ver al pueblo de Janamuato unido en oración por su párroco. Muchos amigos me han enviado mensajes de condolencia. Prevalece al final un buen espíritu y se reacciona favorablemente en la adversidad.

Ante un hecho tan triste, veo otras señales positivas. Los medios de comunicación, si bien a veces confunden y difaman, también sirven admirablemente para crear comunión. El ministerio y la figura del pastor siguen siendo respetados y significativos para mucha gente. La fe sostiene a la comunidad cristiana en los momentos más difíciles.

No hemos de quedarnos en lamentaciones ni dejarnos invadir por la amargura. En el Año de la Misericordia pidamos a Nuestro Señor por la conversión de los que hacen el mal, para que nos haga capaces de perdonar y nos ayude a perseverar en la construcción de la paz en los hogares y los pueblos. La justicia humana sin misericordia podría llegar a convertirse en crueldad.

+ Alberto Cardenal Suárez Inda

Arzobispo de Morelia

26 de septiembre de 2016