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Ubicado a 50 kilómetros de Morelia, se encuentra un bello valle que por su abundante afluencia de aguas es visitado para la recreación y el descanso; pero es también, y por mucho, un lugar que invita a vivir el ser cristiano. Zinapécuaro significa, en la lengua indígena autóctona, lugar de curación o también santuario sagrado; sus ocho templos nos invitan a la reflexión y acercarnos a Dios. Hoy conoceremos una bella parroquia que nos recibe al entrar por la Carretera Federal No. 120.

En 1994, un grupo de fieles de la colonia Félix Ireta, a las afueras del poblado, tenía devoción por una cruz instalada en las cercanías, un entorno flanqueado por bellas lomas que bien podrían evocar el Gólgota; el número de fieles fue mayor, por lo que se decidió la construcción de un templo al pie de uno de los cerros, y trasladar a este la cruz. Los recursos fueron limitados, por lo que en principio el espacio fue pequeño, esto hace aproximadamente 18 años.

Este templo fue capilla de la Parroquia de San Pedro y San Pablo hasta 2013, año en que inició un proceso de ampliación que terminó el 14 de septiembre 2015 con la consagración y dedicación de la Santa Cruz por parte del cardenal Alberto Suarez Inda. Este trabajo ha dado como resultado la asistencia de más fieles, también son más los sacramentos que se realizan en la ya ahora parroquia.

El padre Ignacio Mejía Ruiz, párroco del templo, llegó en el 2010, y con seis años de ejercicio en este recinto ha dado forma al proceso de este nuevo altar de Dios. “Nuestra parroquia creció para arriba y para los lados”, nos cuenta, se adaptó a lo que ya había, no se tiró todo, solo lo que fue necesario para poderlo ampliar, como algunas columnas que estaban en el centro y que impedían la visibilidad hacia al altar; las paredes se ensancharon y se colocaron detalles en las columnas. Lo reducido del lugar lo hacía un horno, por el clima propio del lugar y por la cantidad de personas que asistían a Misa; ahora hay una mayor ventilación e iluminación, no se pensó en ningún estilo arquitectónico en particular, pero sin duda sus trazos hacen perfecto juego con el entorno; se habilitaron amplias rampas para el fácil acceso de los mayores.

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La cúpula es uno de los elementos que se conservó intacto y permite una perfecta iluminación al pie del altar, esta es sostenida por cuatro columnas; en su interior sombrío bien cabrían algunos murales, como sí lo tiene la parte superior del altar, el cual es iluminado por una luz inferior, en él podemos ver a Dimas y Gestas flaqueando a nuestro Señor y, al pie ellos, los soldados romanos, uno con la lanza en un brazo –quizá después de haber cruzado con ella el costado de Jesús–, los otros probablemente repartiéndose sus ropas.

Entre el bello patrimonio que se encuentra aquí, tenemos una pequeña astilla que perteneció a la cruz en que Jesucristo fue crucificado (con certificado de fidelidad), perteneció a un padre de Monterrey que venía a la región y la pidió a uno de sus feligreses para ser donada a este templo. La historia nos cuenta que esa cruz fue cortada en varios trozos, una parte se quedó en Jerusalén, la otra en Roma y las demás fueron repartidas por todo el mundo en pequeños trozos; uno de ellos está cerca de nosotros y podemos ir a venerarle con la devoción con la que este pueblo le rinde culto.

Algunos de los festejos que se tienen aquí son el 3 de mayo, “día de la Santa Cruz”, y en el que trabajadores de la construcción van a dar gracias y llevan sus cruces a bendecir; el 14 de septiembre es la Exaltación de la Santa Cruz a nivel internacional, y aquí se conmemora con mucho fervor; y finalmente, el 18 de marzo, el Señor de Araró visita esta parroquia y es motivo de fiesta en todo la ribera.

 

Alfonso Francisco Hernández Pérez

 

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