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Mantenimiento de edificios antiguos (II)
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Sacerdotes para siempre
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Este pueblo agrícola tuvo sus orígenes en una antigua hacienda cuyo casco se encuentra al entrar al centro del poblado, fue llamado en principio San Pedro Puroagua en alusión a las cristalinas aguas que por aquí circulan y en honor al Santo Guardián del Cielo.  En informes presentados en otros tiempos e ilustrados en obras como  El Obispado de Michoacán en el siglo XVII de Ramón López Lara, y que se encontraban en el Archivo de la Arquidiócesis de Michoacán, podemos encontrar algunas referencias de este pueblo perteneciente a la jurisdicción de Acámbaro; por ejemplo:

“El pueblo de Puruagua tiene treinta vecinos, dista de la cabecera cuatro leguas” (como se citó en Almanza R., 1999, p. 184)* lo cual nos da cuenta de lo pequeño de su población y de su relación con los pueblos y ciudades cercanas y que no impidió su acercamiento a Cristo; nos dice también sobre sus pobladores: “los indios feligreses que son de origen otomí, aunque muchos hablan castellano” (Almanza R., 1999, p. 111) nos habla de un pueblo devoto que antecedió al que frecuenta la actual parroquia.

Otro antecedente (no bibliográfico) lo podemos encontrar en una placa de mármol colocada en un muro de la hacienda y que se muestra como “recuerdo de la santa misión que se dio en esta hacienda de Puroagua” y que data de 1904, se da el nombre del padre actor y al benefactor.

Como elemento externo preponderante tenemos la monumental parroquia de dos torres, su altura le permite ser visible en los alrededores, de estilo sobrio pero con elementos decorativos, cuenta con una portada con pilastras y base acolchadas, tiene en su parte superior última la figura de San José, por debajo de él ángeles y querubines  que protegen al buen padre y su hijo, puerta de fierro, todos estos elementos se incorporan a una nave uniforme como si se tratase de la proa decorada de un barco dando cabida a elementos multiformes; las torres blancas también se incorporan aparte en el cuerpo, compuestas de pilastras y columnas toscanas que enmarcan tres niveles de arcos de medio punto que van siendo de abajo hacia arriba grandes y rematan con unos pequeños que sostienen una cúpula y sobre ellas una cruz.

El atrio ya no es “la explanada sobria donde el indígena vive la fe” (González, p. 73) sino un jardín que flanquea con ficus el pasillo central y buena parte de este espacio, la barda perimetral no es “un elemento estético” más (González) sino cumple con una función delimitativa. Al interior del templo podremos seguir admirándonos de la proporción y la sobriedad, los pasillos que antes ocupaban nichos con santos fueron sustituidos por arcos con ventanales que obligan a llevar la atención al altar central, en uno de los primeros arcos hay una advocación a la Virgen de Guadalupe con San Juan Diego incluido, esculturas de yeso, en el frontal un Cristo Resucitado con pila bautismal, ambos en descuido de polvo y por el mantenimiento que al interior se lleva a cabo, en las mismas condiciones se encuentra un Santiago Apóstol pieza que por su manufactura parece antigua y que por su valor que habría que proteger de algún modo, pues con la proximidad de velas y otros objetos pudiera dañarse. En el altar mayor tenemos una escena de la Sagrada Familia, Jesús Crucificado al centro superior, la Inmaculada a su izquierda sin luna y sin dragón, San José Obrero, trae  en su mano izquierda una escuadra y en la derecha al Niño, quien lo mira en señal de aprendizaje, primer oficio de nuestro Padre; el juego de herramientas complementario lo veremos en el modillón que es el saliente con frecuencia en forma de ménsula, con que se adorna por la parte inferior el vuelo de una cornisa, en este caso la del Cristo, que merece capítulo aparte.

* Almanza R. (1999). Na Guadán. –Lugar de Magueyes. Biblioteca Municipal de Acámbaro.

* González Galván, Manuel: “El espacio en la arquitectura religiosa virreinal de México”, en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, 35 (México, 1966).

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