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Este singular templo ubicado en el antiguo pueblo San José Buenavista, hoy Epitacio Huerta, fue de un pueblo otomí que era “en sus orígenes frontera del imperio Tarasco y Chichimeca” de acuerdo a David Wright en su libro Querétaro en el siglo XVI, hoy se encuentra en los límites con Guanajuato y Querétaro, de hecho uno de los poblados cercanos más grande es el de Coroneo, Gto. Una de las primeras vicarías fijas que encontramos en esta localidad pudo localizarse en la Hacienda de Molinos de Caballero cerca del año 1880 de acuerdo a Anaya (2002)[1] sin embargo, es hasta 1934 que se inicia la construcción de la actual parroquia a cargo del P. J. Jesús Villalobos (p. 28); de estilo moderno destaca por sus formas cuadradas que se enmarcan en grandes espacios y con viejas construcciones como la torre del campanario y el convento. La nave central, austera, da espacio a las clásicas piezas que representan el viacrusis de gran cruz y al pie un bajorrelieve con cada una de las escenas fuente de devoción para quienes suelen orar de manera libre o con el rosario, junto a ellos óleos del artista Pedro Cruz que nos relatan la Huida a Egipto, la Adoración de los Magos, Una tarde de primavera en el taller de Nazareth: obra en la que Jesús parece recibir sus primeras lecciones de carpintería mientras quita telarañas de una pequeña lancha, esta pieza junto con La muerte de San José son obras que podremos encontrar también en el Templo de la Sagrada Familia de los Josefinos en la Ciudad de México y datan de 1968, en ella veremos al pequeño Jesús señalando al horizonte mientras José mira la lancha quizá intuyendo que Éste habrá de ser “pescador de hombres”.

ep1Cada óleo está seccionado por arcos de medio punto de contraclaves de cantera rosa en dos tonos, entre ellos tienen vitrales con cruces (sin alusión a ningún santo) como la que nos recibe en el suelo del atrio en forma invertida y que hace sombra al cuerpo de la nave, por sobre de estos vitrales tenemos las techumbres de cuatro secciones, un juego menos plano en el conjunto, al fondo y junto al altar dos altares laterales dan cabida a un juego de santos que enarbolan a San Francisco de Asís a su derecha tres de su Orden y a su izquierda los de la historia, al centro y arriba la Divina Misericordia que celebramos este año, junto a éstos un Santo Niño con una Virgen de la Salud y sobre ellos un nacimiento, óleo del michoacano Pedro Cruz, en donde el juego de luces en una noche estrellada tiene como centro al Niño, irradia a María y José y alcanza a pastores, borrego y perro en una cueva establo, al niño desnudo José lo va a cobijar con un paño blanco, signo de su pureza, él se encuentra arropado de piernas por su característico manto verde, mismo que tendrá en su lecho mortuorio, otro motivo de las pinturas del pintor arraigado en Acámbaro, y, parte del conjunto, en La muerte de San José lo vemos ya viejo y recibiendo la bendición de Jesús en sus últimos minutos en la tierra, Cristo se encuentra sobre un taburete de madera, quizá aquí el pintor nos quiso recordar el oficio de los hombres, a la izquierda del Santo, María sostiene su mano y hombro como incorporándolo, yace sobre una cama rústica de troncos, por encima de ellos un ángel solemne es testigo de la escena y más arriba se abre un cielo que dirige una luz hacia su rostro, en su réplica de la Ciudad de México el formato es horizontal y de mucho más detalle, a los pies de José se encuentran rosas que reparten tres querubines, otros le abren la puerta del cielo, mientras que el que se encuentra en su cabeza sostiene su vara de nardos, planta olorosa que suaviza el tránsito del Patriarca y uno de sus elementos sígnicos, con ésta lo encontraremos en el altar junto a la Reina de México y su Hijo al centro, cuadro de referencia familiar encontrado una y otra vez, desde la temprana edad hasta el ocaso.

Esta localidad es quizá llamada aquí “Buenavista” porque esta parroquia junto con el pueblo se encuentran en una ladera con una vista única del valle michoacano, en donde están las ruinas de una pequeñísima capilla de la Hacienda de Dolores.

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San José el siervo prudente y fiel a quien el Señor puso al frente de su familia, es llamado el “Santo del Silencio”, pues no se tiene registro de palabras expresadas por él, tan sólo sus obras y actos de fe y amor, de protección como padre responsable del bienestar de su amadísima Esposa y de su excepcional Hijo. (Herrera, 2014, p. 65)[2]

 [1] Anaya J. (2002) Epitacio Huerta un pueblo creado por la fé de sus hombres: H. Ayuntamiento.

[2] Herrera C. (2014) Detrás del mural. Don Pedro Cruz Castillo, Acámbaro: Puente de Piedra.