Este bello templecito ubicado a lo largo de la gran Av. Hidalgo en el centro de Salvatierra es una parada obligada para cualquier visitante, ya que tiene en sus entrañas bellas joyas de arte de sacro. Su construcción data de finales de siglo XIX; fue en el año 1893 que su presbítero, el P. Aristeo Franco, dispuso para la obra, la cual llevó un año para su feliz término.

Al entrar a la construcción nos encontramos con un pasillo que nos conduce a un patio, en ambos encontramos algunas piezas devocionales que dan marco al recinto sagrado de pequeñas dimensiones; es de un solo cuerpo y nos permite acercarnos rápidamente al altar central hecho de filigrana; en cada detalle de cantera conserva remates en oro, como si fuese el encaje delicado del manto de la Virgen, por lo que ha sido bordado con gran detalle. Este altar es de estilo gótico, con tres arcos apuntados, el central de mayores dimensiones y cada uno da paso en su interior, primero a un marco y luego a nichos también de arco apuntado, están separados por columnas dobles estilo árabe, aunque el capitel es más bien corintio.

Esta suma de elementos sirven para dar marco a las piezas de bulto, en este caso tenemos dos Dolorosas de distintos motivos, una de manto y velo blanco con manos juntas e implorantes y elevadas hasta el pecho; el Santo del otro extremo casi alcanza la misma posición que esta Virgen, pero se queda apenas uniendo sus manos y por encima de la cintura, viste manto verde y capa roja. La Virgen central tiene una expresión de mucho dolor, se podría advertir al punto del desmayo, tiene la mano derecha hacia abajo, señalando con el índice, con la izquierda se lleva unas ropas hacia el pecho, toda esta expresividad sin duda le dan la autoridad de estar al centro y de ser fiel referencia de los Dolores del Calvario.

Bajo ellos encontramos un Sagrado Corazón que con su mano derecha señala el centro de su pecho y con la izquierda muestra la llaga de su mano, en una invitación de alcanzarlo; al extremo izquierdo, un San José sostiene al Niño Jesús con la mano izquierda, mientras con la otra sostiene el lilium candidum o lirio de azucena montado sobre una vara; el niño mira de frente, viste un bello ropón blanco de bautizo y eleva ligeramente las manos casi en un abrazo.

Entre otras bellas imágenes encontramos en una urna de cristal la del Señor de la Humildad, es un Cristo que representa el momento previo a su Crucifixión y Muerte, se encuentra sentado en una tradicional silla mexicana, de patas y respaldo de madera y el asiento de tejido de mimbre; está inclinado hacia la derecha y parece que sostendrá su rostro sobre el brazo del mismo lado y que reposa en su pierna, como yendo a una actitud de reflexión, está ensangrentado y lleno de llagas, apenas lo cubre un manto púrpura con bordes en listón dorado, cuelga sobre su cuello una soga también dorada que se enreda con su mano izquierda, su cabello es castaño y natural, no trae corona de espinas pero es su frente se dibujan las heridas que ésta le causó, sus ojos están desorbitados, es casi vizco, no tienen una alineación, puede ser descuido del artista o una intención mal expresada al quererlos llevar hacia arriba en actitud suplicante, su boca se encuentra entre abierta por lo que denota resequedad en sus labios.

Esta imagen tiene su propia capilla en la Ciudad de México, y recurren personas de no muy buen oficio en el barrio de la Merced; es pequeñita y sin duda uno tesoro colonial. Se considera que el antecedente de esta devoción data del siglo XVI y tiene como referencia al Señor de la Piedra Fría, la extensión de su devoción se debe a los jesuitas. El investigador Guillermo Rodríguez a este respecto señala:

“La figura doliente, de expresión triste y pensativa, reflejaba el espíritu de reflexión que esa Orden quería fomentar en ese Continente (América). La mística ignaciana dirigía las meditaciones sobre integridad y el valor del Señor en sus últimos instantes de la Pasión” y añade. “Por su aspecto sereno tan propio de la sensibilidad indígena, la policromía en forma de chorros de sangre que resbalaban por todo el delicado y frágil cuerpo, los sencillos pliegues de su paño de pureza y el poco estudio anatómico del talle nos remiten a la imaginería mexicana del finales del s. XV o principios del XVI. Esto es pertenece al primer periodo de la escultura novohispana, evidente en el carácter goticista de la pieza (…)” (Rodríguez)[1]

Su estudio entonces nos dará para muchos otros espacios.

[1] Rodríguez, G. El Señor de la Piedra Fría. Tomado de: http://www.liceus.com/cgi-bin/ac/pu/escudero/Senor_piedra_fria.asp.