Jesús actuaba en su vida pública como quien tiene autoridad: “Ámense unos a otros”, “Hagan esto en memoria mía”; pero después de su Resurrección, cuando ya tenía perfectamente planeada su Iglesia, da un precepto que abarcaría a todos: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio”. En los Hechos de los Apóstoles, en la porción que hemos escuchado, Jesús, actuando de una manera muy diferente a otros momentos, marcaba el encuentro último y definitivo de su persona aquí en la tierra: “Vayan a Jerusalén y espérenme ahí”, y estando frente a ellos les dice: “Vayan por todo el mundo... anuncien el Evangelio... bauticen y santifiquen”, y en presencia de ellos se elevó al cielo. ¿Qué es el cielo y qué es subir al cielo, y qué queda detrás? ¿Por qué los citó en Jerusalén? Porque ahí se realizarían los actos que culminarían su estado visual en la tierra: “subir al cielo y enviar al Espíritu Santo”. Jesús dejó constituida su Iglesia, pero como empresa en parte humana, tendrá un gerente, unos secretarios y unos ejecutivos. Pedro sería el gerente; los apóstoles, los secretarios, y los enviados por ellos serían los ejecutivos: “Vayan, anuncien, santifiquen, perdonen”, en estas tres palabras dejó el esquema de su plan: Comunicarnos con Dios (anuncio), situarnos con Dios (santificación), mantenernos en la amistad de Dios (perdón).

Jesús nos habló muchas veces del cielo: “Padre Nuestro que estás en el cielo”, y cuando nos reunimos para la liturgia, haciendo lo que Él nos dijo, cantamos lo mismo, o en el himno “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra, paz”, expresamos lo mismo pero ya caminando como iglesia. Jesús agrega algo nuevo: “Estaré a la derecha del Padre y les enviaré al Espíritu Santo, que les confirmará en todo cuanto Yo les he dicho”.

Ahora veamos qué es el cielo y qué es estar a la derecha del Padre. Para el mundo y los científicos, el cielo es solamente el lugar de los astros o de los fenómenos que envuelven a la tierra; pero para Jesús no es un lugar ni un espacio, sino un estado. Es haber entrado como hombre en la divinidad, en el campo de Dios, de donde como Verbo descendió, y aunque no había dejado el seno de Dios, como hombre empieza un nuevo modo para su Iglesia, más ahora en una presencia misteriosa para cumplir lo que dijo: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos pone frente al escenario que hemos estado expresando en este espacio; y San Pablo en su carta a los Efesios, la visión que los primeros cristianos tenían de este misterio de la Ascensión: “Cada uno de ustedes ha recibido la gracia en la medida en que Cristo se las ha dado... llevó consigo a los cautivos y dio dones a los hombres”. Arriba dijimos que dejó ministerios para su plan: “Concedió a unos ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelizadores, a otros pastores y maestros”, para que desempeñaran debidamente su tarea.

San Marcos el Evangelista, que nos relata este acontecimiento, no estuvo presente en Jerusalén cuando sucedieron estos hechos; pero lo escuchó principalmente de su maestro Pedro y de algún otro discípulo, y nos lo narra así: Apareció Jesús a los Once y les dijo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura; el que crea y se bautice se salvará, el que no crea será condenado”, y después de hablarles, subió al cielo y está sentado a la Derecha del Padre.

La Pascua de Jesús y para Jesús ya terminó con la subida al Padre; para su Iglesia y para cada uno de nosotros, sólo se inició, pues caminantes que somos, celebramos y vivimos en cada momento nuestra pascua (nuestra liberación), y cada uno de los redimidos que ya somos y nos llamamos pascuales con Cristo, hemos de llegar a nuestra plenitud, viviendo el plan salvífico del Maestro y con el Espíritu Santo.