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“Creemos que la familia es imagen de Dios, que, en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia” (Aparecida, 434). “La identidad, el ministerio y la existencia del presbítero están, por lo tanto, relacionadas esencialmente con la Santísima Trinidad” (Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 3).

En nuestra Arquidiócesis de Morelia se ha establecido como prioridad pastoral la familia y se ha insistido en su transversalidad, es decir, se ha dicho que cualquier actividad pastoral o grupo en la parroquia debe atender la evangelización de la familia para que, desde ahí, surja el encuentro con Jesucristo y se transforme la realidad que nos aqueja.

Y, por si fuera poco, las últimas reuniones de las cinco diócesis (Apatzingán, Lázaro Cárdenas, Morelia, Tacámbaro y Zamora) que constituimos la Provincia han decidido tomar la familia como prioridad pastoral. En concreto, los días 23 al 25 de enero de este año, los Obispos y los coordinadores de toda la pastoral en las cinco diócesis de Michoacán (curias de pastoral) nos cuestionamos si realmente estamos tomando en serio la familia en nuestra área o tarea pastoral.

La Formación Permanente del Presbítero es una pastoral fundamental para que todas las demás pastorales funcionen, pero no podemos funcionar como un ente extraño a la transversalidad de la familia en la Arquidiócesis o en la Provincia Eclesiástica de Morelia.

El sacerdote surgió de una familia que tiene los valores y los desafíos propios de las familias de nuestro tiempo. Los papás, hermanos, sobrinos, abuelos, tíos o primos del sacerdote viven también los conflictos del divorcio, el desempleo, la ancianidad, la enfermedad, los desencuentros, los problemas de herencias, las adicciones, el abandono de la fe, las heridas por ofensas, etc. La familia del sacerdote no está exenta de problemas y también necesita de evangelización.

Es verdad que el sacerdote conoce la realidad de su propia familia y le duele cuando, dedicándose a su ministerio, le ocurren cosas a su propia familia que contravienen los valores que intenta vivir y predicar.

De ahí la importancia y la necesidad de que todo sacerdote, sin que descuide su ministerio, esté muy cerca de su familia en los momentos de convivencia, alegría o dolor, conflicto o vacación, celebración o corresponsabilidad en los problemas porque es parte de una familia humana y porque es ungüento que bendice a los suyos. De hecho, nuestras comunidades miran con confianza y admiran al sacerdote que está cercano de su familia porque es signo de un ministerio auténtico.

Por otra parte, es también un signo de fraternidad y solidaridad entre los sacerdotes cuando el párroco, vicario o rector atiende y cuida con esmero al familiar de otro hermano sacerdote, máxime si es ancianito, enfermo o atraviesa por una situación compleja o dolorosa. Y, por su parte, la familia del sacerdote conviene que se convierta en lugar de acogida y apoyo afectivo del sacerdote, no sólo de su propio familiar, sino también de aquél que el Obispo envió a la parroquia o rectoría.

Si el sacerdote sabe ser parte de la iglesia doméstica que es su familia, sabrá amar más y mejor a Dios y a su Iglesia. La identidad y la espiritualidad del sacerdote se forja también a través de la relación con su propia familia porque él aspira a ser manifestación del rostro de Dios y éste es familia.

* Responsable de la Comisión Diocesana de Formación Permanente del Clero.

 

P. Arturo Cisneros Vázquez*