aula de clases1LA EDUCACIÓN COMO DERECHO UNIVERSAL

En relación a la celebración del día del maestro, quiero referirme a la compleja situación educativa de nuestros pueblos y recordar que es necesario tener presente que todos los hombres, de cualquier raza, condición y edad, participan de la dignidad humana y tienen el derecho inalienable de educación, que responda al propio fin, a su carácter, a la diferencia de sexo, y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias; y que, al mismo tiempo, esté abierta a las relaciones fraternas con otros pueblos, a fin de fomentar en la sociedad la verdadera unidad y la paz. Una verdadera educación forma a la persona humana en orden a su fin último y al bien de las comunidades, de las que el hombre es miembro y de cuyas responsabilidades dará cuenta una vez llegado a la madurez. Las instituciones civiles y eclesiales tenemos la misión de ayudar a los niños y a los adolescentes, teniendo en cuenta el progreso de la psicología, de la pedagogía y de la didáctica, para desarrollar armónicamente sus capacidades físicas, morales e intelectuales, a fin de que adquieran gradualmente un sentido más pleno de la responsabilidad de la propia vida y en la práctica de la verdadera libertad, superando los obstáculos con valor y constancia de espíritu. Es importante acompañarlos, conforme avanza su edad, en una adecuada educación sexual. Ayudarles a tener condiciones para la participación en la vida social, de forma que, bien instruidos con los medios necesarios y oportunos, puedan participar activamente en los diversos grupos de la sociedad humana, estén dispuestos para el diálogo con los otros y presten su fructuosa colaboración gustosamente a la consecución del bien común. Tengamos en cuenta que los niños, los adolescentes y los jóvenes tienen derecho a que se les estimule a apreciar con recta conciencia los valores morales, a aceptarlos con adhesión personal y, también, a que se les estimule a conocer y amar más a Dios (GE 1).

 

NECESIDAD DE VERDADEROS EDUCADORES PARA LA PAZ

En nuestros días, los niños, adolescentes y jóvenes tienen más recursos de conocimiento y de capacidades tecnológicas, pero también viven un ambiente deshumanizante, una cultura que duda del significado mismo de la verdad y del bien, igual que de la bondad de la vida; todo ello explica la dificultad de «transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles sobre los que se puede construir la propia vida. Es por ello que tenemos la necesidad  de promover espacios seguros y adecuados para educar en el amor y para el amor, con la cercanía y la confianza que nacen del amor. Educar consiste en dar algo de sí mismo y ayudar a otros a superar los egoísmos y así hacerse capaces del auténtico amor. Es fundamental la educación en la verdad y para la búsqueda sincera de la verdad; lo que supone entre otras cosas no obviar ni ocultar la realidad del dolor y del sufrimiento que forman parte de la vida, ya que correríamos el riesgo de formar personas frágiles y poco generosas. Formar a las nuevas generaciones en el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Las reglas de comportamiento y de vida forman el carácter y fortalecen para superar las pruebas de la vida. Los educadores tendrán que aprender a corregir, siempre con caridad, y nunca apoyar los errores. Aliento a los educadores a asumir responsablemente el rol de autoridad, apostar por la humanización de los ambientes escolares y ser testigos de la verdad y del bien, enfrentando la propia fragilidad y poniéndose siempre en sintonía con su misión. Es necesario educar y educarse en el sentido de la responsabilidad. Que todos, las maestras y maestros de nuestra sociedad, se preocupen porque sus alumnos sean honestos ciudadanos y contribuyan así a la construcción de un tejido social, base de la civilización del amor. (CNP 193).