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Morelia Mich., a 14 de mayo de 2017 Comunicado 05-17

  LA EDUCACIÓN COMO DERECHO UNIVERSAL En relación a la celebración del día del maestro, quiero referirme a la compleja situación educativa de nuestros pueblos y recordar que es necesario tener presente que todos los hombres, de cualquier  [ ... ]

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Queridos Señores Cardenales, gracias por su presencia y hacernos sentir la universalidad de la Iglesia y la presencia del Santo Padre.

• Gracias, Señor Nuncio Apostólico, por su cariñosa presencia y por sentir en usted el cariño del Papa Francisco.

• Hermanos míos en el Episcopado, que me acompañan en este día de gracia.

• Hermanos sacerdotes, religiosos, religiosas y animosos laicos, todos los agentes de pastoral,

• Respetables autoridades civiles federales, estatales y municipales gracias por ayudarnos a construir el sentido de participación ciudadana y sociedad civil.

• Queridos hermanos todos, queridas familias, queridos jóvenes y niños:

Los saludo a todos con profundo cariño en Cristo, el Señor, en quien encontramos todo bien y quien es nuestra paz.

Les comparto la honda emoción que me llena el volver a esta, nuestra casa común que es la Arquidiócesis de Morelia y el Estado de Michoacán, donde nací y recibí el don de la fe desde pequeño, gracias a una familia unida, firme en su devoción y una comunidad donde reinaba una confianza plena en que el futuro estaría sostenido por un Padre común.

Desde hace más de 20 años he tenido el privilegio de servir a la Iglesia y a Cristo, nuestra paz, en las diócesis de Altamirano y Nezahualcóyotl, y en los últimos años en la Arquidiócesis de Acapulco, en donde tuve la misión especial de acompañar a los pobres y a los más golpeados por el flagelo de la violencia, donde viví una extraordinaria experiencia de atención a las víctimas de todos estos males. Gracias, Arquidiócesis de Acapulco, seguiremos unidos en el cariño, la oración y la Eucaristía.

Quiero iniciar esta nueva Misión en mi vida precisamente con esta invocación a Cristo, nuestra Paz, porque creo que en este momento que vive nuestro país y nuestra sociedad necesitamos más que nunca encontrar un camino de reconciliación para dar una respuesta eficaz y permanente a la violencia y la injusticia, la corrupción y la impunidad que se han aposentado en nuestra patria y que son el caldo de cultivo del descontento creciente.

Si bien esa violencia es producto de muchas distorsiones sociales y la acción incontrolada del crimen organizado, no se me escapa el hecho –y lo asumo como un desafío– de que en ese entorno ha faltado la acción decidida de los cristianos, que no hemos sabido responder a tiempo y con fortaleza a la desintegración del tejido social; no hemos sabido dar un testimonio eficaz y vivo de la misión y evangelización que el Señor nos ha encomendado en este mundo.

Iluminados con la Palabra de Dios y ante la presencia del Buen Pastor, quiero llamar a todos los presentes a una nueva conversión que nos permita ser testigos reales del mensaje de Jesucristo y los primeros evangelizadores en cada casa, en cada comunidad, en cada sitio de trabajo y que ese testimonio contribuya a modificar las condiciones de injusticia y de violencia que lastiman con más fuerza a los más débiles y a los más pobres.

Al regresar a servir en esta Provincia Eclesiástica no puedo menos que evocar la presencia en ella de mis predecesores, empezando por Don Vasco de Quiroga, ejemplo de servicio y amor a los pobres, constructor de una nueva sociedad en armonía y amor, cuyo ejemplo sigue tan vivo, que aún en nuestras pequeñas comunidades, oímos hablar de Tata Vasco, el hombre cuyo ejemplo sirvió para moldear este pueblo que tiene sed de volver a sus orígenes más puros de convivencia en el amor de Dios.

Sueño, como Don Vasco y todos sus sucesores, especialmente Don Estanislao Alcaraz y Don Alberto Suárez Inda, con una sociedad fraterna y solidaria, con una comunidad donde cada mujer y cada hombre sean valorados, agradecidos como un don, respetados y promovidos a su plenitud. Gracias, Sr. Cardenal Don Alberto, por su entrega y servicio incondicional al anuncio del Evangelio.

También quiero mencionar a un sacerdote ejemplar, michoacano, forjador de nuestra historia patria y de nuestra Independencia nacional. Quiero reconocer a Don José María Morelos, quien habiendo iniciado su ministerio sacerdotal en estas tierras, culminó parte de su misión precisamente en el Congreso de Chilpancingo donde lanzó a México y al mundo sus “Sentimientos de la Nación” (1813), semilla de los mejores ideales de un país que fundamenta el anhelo de su libertad en la dignidad de hijos de Dios.

Y con Morelos, a todos aquellos sacerdotes, miembros de la Iglesia michoacana y nacional que han luchado para forjar una patria para todos. Un México donde los ideales de una nación libre están inspirados en los preceptos evangélicos de fraternidad y de la igualdad ante los ojos de Dios.

Los invito a todos a sumarse a este esfuerzo común y compartido de recuperar la paz. A la sociedad en general, a los hombres y mujeres de buena voluntad, a las organizaciones civiles y a las autoridades, a los hermanos de otras comunidades de fe, a los hermanos indígenas, a las organizaciones sociales, a todos sin excepción.

Como IX Arzobispo de Morelia, como pastor de esta Iglesia, ofrezco a todos los católicos y hombres y mujeres de buena voluntad mi trabajo para construir una comunidad donde tengamos una casa y una causa común: la Paz en nuestros hogares, la paz en las comunidades y sobre todo, la paz en nuestro dolido México.

No naní jauati jimanghani no ambuaka nirani kanimanhki jucheti k’umanchekua ambandentaaka (“No hay límite para ver otros horizontes, si mi casa se quema”). Es necesario reconstruir nuestra casa, para abrir delante de nuestros ojos nuevos y esperanzadores horizontes de libertad, de paz y de amor.

Esta tierra, todo el planeta en realidad, es la “casa de todos”; así nos lo recordó el papa Francisco al venir a nuestro país. Es “la casa donde todo mundo tiene cabida”, donde no existe el “descarte” sino la inclusión; no el desprecio, sino la compresión; no la violencia, sino la tolerancia y el diálogo.

La casa donde todo mundo pueda comer, descansar dignamente, cubrir satisfactoriamente sus necesidades básicas; pero también la casa donde se pueda hablar con libertad y respeto, donde cada quien se sepa amado y motivado a amar; la casa donde se puede soñar y, luego, trabajar en libertad para que tales sueños se materialicen para el provecho, no de unos cuantos, sino para el bien de todos.

Que este sea el hogar donde los ancianos sean aceptados, protegidos y escuchados con atención por la riqueza de sus enseñanzas, cargadas de experiencia.

El lugar donde los niños sean recibidos con ilusión, cuidados con responsabilidad, orientados con ese fino equilibrio de ternura y firmeza, animados hacia el bien y la virtud con el ejemplo.

El espacio donde los jóvenes puedan dar lo mejor de sí mismos, donde sean ellos los que, con su creatividad e inventiva, aporten lo nuevo y lo útil, pero sobre todo, donde puedan entusiasmarse con lo noble, lo bueno, lo santo. Estamos en una tierra de jóvenes y ellos deben ser no nuestra preocupación, sino nuestra ocupación fundamental. Soñemos con jóvenes vivos, lejos de las garras del mal; jóvenes sanos pero, sobre todo, fraternos.

Esta casa común donde las mujeres sean tratadas con la misma dignidad que los varones; donde sus entrañables muestras de amor a la vida y su generosidad sean reconocidas; donde no exista más violencia en contra de ellas y donde su presencia alegre, ilumine y aliente el día a día; mujeres que puedan alcanzar su metas y lograr sus ideales.

Esta “casa común”, en la que deseamos construir la paz, incluye a los que físicamente no están aquí, pero viven en nuestras mentes y corazones; los migrantes, los que han dejado esta tierra para buscar mejores oportunidades en el extranjero o fuera de su lugar de origen.

Y comprendamos que ellos se han ido porque nosotros, como pueblo, no hemos sido capaces de construir un entorno donde reine la justicia, donde exista trabajo bien remunerado y oportunidades de futuro. Pedimos por ello perdón a quienes hemos expulsado de nuestros lugares al no erradicar la pobreza y que ahora enfrentan la amenaza de la exclusión y la discriminación.

Para ellos una palabra de gratitud por todo lo que hacen por sus familias y, fraternamente, por sus comunidades. También una palabra de aliento ante las dificultades que enfrentan. Sepan que no están solos.

Quiero también referirme a quienes sufren en las cárceles. Dirijo mi pensamiento a quienes, justa o injustamente, purgan una condena en ellas. Ustedes también son nuestros hermanos y como a tales los quiero encontrar. Con ustedes quiero compartir la alegría de la esperanza.

No olvidemos que el deterioro del tejido social es también consecuencia de esa falta de valores que se deriva de la indiferencia y la ausencia de evangelización de quienes nos llamamos cristianos.

Esos jóvenes que son presa fácil de las bandas y las mafias sólo pueden ser rescatados si existe un real y sostenido esfuerzo por vivir lo que Cristo nos pide: una sociedad donde impere la justicia, donde el máximo valor no sea el dinero sino la comunidad, la solidaridad y la familia unida en el amor.

Hoy quiero pedirles, tal como hiciera el papa Francisco, al iniciar su Pontificado, que recen por mí. Nosotros, los pastores, somos quienes más necesitamos del auxilio que viene de la oración que une a la comunidad.

Y les pido también que hablen conmigo, que vengan a mi casa, que es su casa, y que estará siempre abierta para recibirlos. Quiero escucharlos con atención, deseo aprender de ustedes, experimentar la empatía de la fe y de la vida con cada uno.

Quiero estar cerca de los obispos auxiliares y eméritos, de los sacerdotes, de los seminaristas, de los jóvenes, de las religiosas, de las familias, de los niños, de los educadores, de los políticos, de los pobres, de los marginados, de los migrantes, de los pueblos indígenas, de las víctimas de las violencias, de todos los que quieran caminar con Cristo, nuestra Paz.

Deseo, y le pido al Señor me conceda que mi ministerio episcopal contribuya al bien de la sociedad y de la Iglesia de Morelia y Michoacán.

Esa es la tarea insoslayable: que recuperemos la paz que hemos perdido; no sólo la que debería existir en las calles, en las plazas y en cualquier espacio público; sino la más valiosa, la paz de nuestros corazones.

¡Démonos a la ardua tarea de ser constructores de la paz! ¡Oremos por la paz! Recordemos la promesa de quien dijo: “Mi paz les dejo, mi paz les doy” (Jn 14,27). Recibamos y celebremos ese regalo del Señor Resucitado. Dialoguemos sin descanso y seamos artesanos de la paz, sin desfallecer para que en Cristo, nuestra paz, México y Michoacán tengan vida digna.

También quiero elevar desde este lugar una oración por las comunidades parroquiales más afectadas por la miseria y la violencia; comunidades marginadas de indígenas y campesinos; en mi corazón las tengo muy presentes y sueño que, con la solidaridad de todos, pronto puedan convertirse en parroquias que vivan en paz y estén libres del flagelo de la miseria y la violencia. Que quienes ahí peregrinan, junto a nosotros, puedan vivir con dignidad y profesar, con toda libertad, su fe en el Señor.

Quiero encomendar este ministerio que hoy inicio a Nuestra Señora de la Salud, Madre de Dios y Madre Nuestra, Patrona de nuestra Arquidiócesis de Morelia, suplicando su auxilio y su eficaz intercesión.

Y que, alentados todos por su ejemplo de discípula y misionera de su Hijo, también nosotros, todos, seamos mensajeros de paz, de perdón y de reconciliación, como ella que ha aceptado, primero en su corazón, al Príncipe de la Paz (cf. Lc 1,26-38; Is 9,6) y luego lo ha ofrecido, generosamente, al mundo, para que en Él todos tengamos vida y vida en abundancia (cf. Jn 10,10). ¡Que así sea!

En Cristo, nuestra Paz.

 + Carlos Garfias Merlos

 Arzobispo de Morelia

* Homilía en la Toma de Posesión e inicio de Ministerio Episcopal en la Arquidiócesis de Morelia. Estadio Venustiano Carranza, 18 de enero de 2017.

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