baby 1271742 1920“FAMILIA, ¡SÉ LO QUE ERES!” (FC, 7)

Graciela Hilario y Enrique Rangel Guerrero,

Coordinadores de la Pastoral de Vida (DIPAFV-Morelia)

 

El sentido de amar la vida humana, que debiera ser evidente y básico porque somos seres humanos, hoy parece rechazado, oscurecido, destruido. Parece más bien que la vida humana ha perdido su valor y significado. Múltiples realidades hoy amenazan la vida del ser humano: asesinatos, secuestros, guerras, y otras que ponen en riesgo la continuidad del ser humano en el mundo: el aborto, los anticonceptivos, la mentalidad antinatalista, las guerras bacteriológicas, la eutanasia y demás.

¿Por qué tenemos que hablar a favor de la vida humana? ¿Por qué es necesario plantear el gran valor de la vida humana? ¿Por qué necesitamos hablar del respeto a la vida del ser humano? ¿Acaso hemos perdido el sentido o se encuentra oscurecida nuestra razón?

La persona humana es imagen de Dios, nos parecemos a Dios, hombre y mujer somos su reflejo en el mundo. No en lo físico, porque Dios es un ser espiritual perfecto; pero sí en nuestras cualidades espirituales, inteligencia, voluntad y libertad para elegir los diversos bienes a nuestro alcance, con capacidad de amar y perdonar. Qué orgullosa se siente una persona cuando le dicen que se parece a otra que es muy famosa, o bella o destacada; qué placer siente un niño si le dicen que se parece a su papá (bueno, en general les gusta, tal vez no siempre), o una niña si le dicen que se parece a su mamá.

¡Qué orgullo, qué alegría, de saber que nos parecemos a Dios, al ser más hermoso y perfecto; de saber que hemos sido creados a su imagen y semejanza!

Y todavía más: Dios nos ha dado el privilegio de procrear seres humanos en participación con Él. Para crear más personas humanas, Dios podría tener otros procesos, bastaría con que siguiera expresando “Hágase”, pero no, sigue expresando “Hagamos”, y en ese hagamos ya no está únicamente Dios Trino y Uno, sino también el ser humano, en el matrimonio de hombre y mujer, cuyo amor es fecundo y manifiesta la realidad íntima de Dios que ama y crea por amor. Así es como Dios ha querido participarnos de su capacidad creadora.

La concepción, nacimiento, educación y desarrollo del ser humano en el amor, son realidades de la vida familiar que participan de la vida divina. ¡Qué privilegio, qué distinción! Dios nos llama, desde ya, a colaborar con Él en su hermoso proyecto de amor para el ser humano.

“Porque la capacidad de generar de la pareja humana es el camino natural por el cual se desarrolla la historia de la salvación. Bajo esta luz, la relación fecunda de la pareja se vuelve una imagen para descubrir y describir el misterio de Dios, fundamental en la visión cristiana de la Trinidad Santísima que contempla al Padre, al Hijo y al Espíritu de Amor. El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente” (Amoris laetitia 11).

Ciertamente, tener hijos es una responsabilidad que reclama esfuerzo y sacrificio, por eso, en muchas ocasiones, los hijos son considerados como un estorbo a la comodidad o a los proyectos de desarrollo personal y profesional. Pero más allá de eso, la alegría que proporciona un hijo, la consideración de que en esos hijos podemos formar a los ciudadanos honestos de donde saldrán los gobernantes, científicos, militares, sacerdotes, empresarios y padres de familia que generen un mundo mejor, y todavía más, la certeza de que cuando concebimos, aceptamos traer un hijo al mundo y colaborar con la acción creadora de Dios. Éstas debieran ser razones de mucho peso para aceptar las exigencias e incomodidades que se pueden vivir en la tarea de la procreación.

Graciela Hilario y Enrique Rangel Guerrero,

Coordinadores de la Pastoral de Vida (DIPAFV-Morelia)

El sentido de amar la vida humana, que debiera ser evidente y básico porque somos seres humanos, hoy parece rechazado, oscurecido, destruido. Parece más bien que la vida humana ha perdido su valor y significado. Múltiples realidades hoy amenazan la vida del ser humano: asesinatos, secuestros, guerras, y otras que ponen en riesgo la continuidad del ser humano en el mundo: el aborto, los anticonceptivos, la mentalidad antinatalista, las guerras bacteriológicas, la eutanasia y demás.

¿Por qué tenemos que hablar a favor de la vida humana? ¿Por qué es necesario plantear el gran valor de la vida humana? ¿Por qué necesitamos hablar del respeto a la vida del ser humano? ¿Acaso hemos perdido el sentido o se encuentra oscurecida nuestra razón?

La persona humana es imagen de Dios, nos parecemos a Dios, hombre y mujer somos su reflejo en el mundo. No en lo físico, porque Dios es un ser espiritual perfecto; pero sí en nuestras cualidades espirituales, inteligencia, voluntad y libertad para elegir los diversos bienes a nuestro alcance, con capacidad de amar y perdonar. Qué orgullosa se siente una persona cuando le dicen que se parece a otra que es muy famosa, o bella o destacada; qué placer siente un niño si le dicen que se parece a su papá (bueno, en general les gusta, tal vez no siempre), o una niña si le dicen que se parece a su mamá.

¡Qué orgullo, qué alegría, de saber que nos parecemos a Dios, al ser más hermoso y perfecto; de saber que hemos sido creados a su imagen y semejanza!

Y todavía más: Dios nos ha dado el privilegio de procrear seres humanos en participación con Él. Para crear más personas humanas, Dios podría tener otros procesos, bastaría con que siguiera expresando “Hágase”, pero no, sigue expresando “Hagamos”, y en ese hagamos ya no está únicamente Dios Trino y Uno, sino también el ser humano, en el matrimonio de hombre y mujer, cuyo amor es fecundo y manifiesta la realidad íntima de Dios que ama y crea por amor. Así es como Dios ha querido participarnos de su capacidad creadora.

La concepción, nacimiento, educación y desarrollo del ser humano en el amor, son realidades de la vida familiar que participan de la vida divina. ¡Qué privilegio, qué distinción! Dios nos llama, desde ya, a colaborar con Él en su hermoso proyecto de amor para el ser humano.

“Porque la capacidad de generar de la pareja humana es el camino natural por el cual se desarrolla la historia de la salvación. Bajo esta luz, la relación fecunda de la pareja se vuelve una imagen para descubrir y describir el misterio de Dios, fundamental en la visión cristiana de la Trinidad Santísima que contempla al Padre, al Hijo y al Espíritu de Amor. El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente” (Amoris laetitia 11).

Ciertamente, tener hijos es una responsabilidad que reclama esfuerzo y sacrificio, por eso, en muchas ocasiones, los hijos son considerados como un estorbo a la comodidad o a los proyectos de desarrollo personal y profesional. Pero más allá de eso, la alegría que proporciona un hijo, la consideración de que en esos hijos podemos formar a los ciudadanos honestos de donde saldrán los gobernantes, científicos, militares, sacerdotes, empresarios y padres de familia que generen un mundo mejor, y todavía más, la certeza de que cuando concebimos, aceptamos traer un hijo al mundo y colaborar con la acción creadora de Dios. Éstas debieran ser razones de mucho peso para aceptar las exigencias e incomodidades que se pueden vivir en la tarea de la procreación.