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P. Alejandro Barajas Ríos (DECAM)

La educación universitaria, como todos los espacios académicos, es un espacio de aprendizaje para los dos elementos humanos que intervienen en ella; la del nivel superior presume un conjunto de experiencias y antecedentes que van dando forma y se pueden apreciar las últimas pinceladas que poco a poco van solidificando la personalidad, el carácter, virtudes y áreas de oportunidad que integrarán a cada individuo, teniendo en común una característica indispensable para el reto de la vida adulta que recién comienza: la capacidad de decidir. Esta capacidad de decidir bajo una conciencia, resultado de la formación del individuo en lo orgánico-biológico, psicológico, social y espiritual que ha obtenido con el pasar de los años.

El desarrollo de competencias docentes en la formación de profesionistas se convierte en un reto multifactorial donde el facilitador genera espacios de intervención del alumno, completamente abiertos en el sentido de la recepción de estímulos y una percepción amplia e integral de la vida misma. De las situaciones más significativas de los docentes universitarios es la muestra del lado humano que muchas generaciones vieron ocultas tras una formación en la Escuela Tradicional que mantenía una actitud firme de disciplina y poca o nula interacción entre los elementos del proceso educativo..

La labor del catedrático universitario requiere un profundo deseo y convicción determinante para transformar la vida de las personas que tiene bajo su guía. El reto es tan significativo que una vez que cambia o logra motivar un proceso de mejora continua, autoconocimiento, reconocimiento de valores, virtudes y áreas de oportunidad tanto personal como grupales/sociales, desarrollo de inteligencia emocional y una conciencia que involucra desde la educación financiera, ecológica y hasta espiritual, ha logrado dejar huella en su ardua labor.

En estos ambientes es común encontrar a alumnos que experimentan un choque cultural fuerte, pues algunos provienen de comunidades rurales que están alejadas del clima urbano y de los sistemas tanto educativos como sociales, desde el trato en el interior del aula hasta las distintas manifestaciones del trato continuo con las conductas callejeras.

Los retos de los docentes universitarios se orientan en una formación integral a minimizar las diferenciaciones que existen en la diversidad cultural que converge en la vida universitaria, siendo esto el pretexto ideal para el desarrollo de habilidades emocionales como la paciencia, tolerancia, reconocimiento de competencias propias y del prójimo que se orillan a una convivencia pacífica.

Educar para la paz es acercar la mayor cantidad de situaciones posibles que pongan a prueba el abanico de posibles respuestas del ser humano y acompañar en el proceso de la consolidación de respuestas y conductas que se direccionan con un alto sentido de responsabilidad a la raza humana y no así a la de un país, un partido político o una playera de un equipo diferente. Es obligación del facilitador moderar el proceso de educación por la paz de forma continua y variar los estímulos e incluso llevar al límite situaciones complejas con el propósito de que el alumno decida en base a sus competencias y resuelva en la búsqueda del bien común o de los grupos vulnerables y desprotegidos, sin descuidarse él o su grupo. También para educar por la paz, ésta debe existir primero en nosotros, pues uno no puede compartir lo que no tiene y aunque pareciera una situación egoísta, el principal desarrollador de un sistema por la paz, es el maestro mismo.