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Conocemos a muchos hermanos católicos que “ya no creen”; otros que dicen ser creyentes no practicantes; y algunos que realmente creen. El Evangelio de hoy nos dice cómo llegar a creer realmente.

En la travesía por el Desierto, el pueblo de Israel murmuró contra Dios, por falta de agua y hastiados del maná (Num 21,4-9), por lo cual unas serpientes venenosas los mordían y morían. Una vez arrepentidos, Moisés hizo una serpiente de bronce y la levantó sobre un madero, y quienes habían sido mordidos por las serpientes quedaban curados. También Eva, la primera mujer, fue “mordida” por la serpiente en Gén 3,6, porque no “miró a lo alto a su Creador que la amaba, prefirió huir y esconderse de Él”. Pero el libro de la Sabiduría (16,7) interpreta esto en clave de misericordia Num 21,4-9, diciendo que los israelitas eran curados no por aquello que veían, sino por Dios Salvador de todos.

El Evangelio de Juan varias veces menciona que Jesús Mesías será elevado: para que todo el que crea en Él tenga vida eterna (Jn 3,15). Jesús dice a Nicodemo que la fe en los milagros no basta, sino creer en el Hijo elevado en la Cruz, se trata de creer en el que traspasaron (Jn 19,37), es decir en el Crucificado. Por eso, en Jn 8,28 se habla del hecho de ser elevado como una revelación de la identidad de Jesús, porque la expresión siguiente “sabrán que soy Yo”, recuerda la revelación de Yahvéh-Dios en Éx 3,14-16 “Yo soy el que soy”. Más adelante, en Jn 12,32-33, dice que “cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí”, indicando el efecto salvífico universal de su Muerte en la Cruz y de su Resurrección y Exaltación al lado de Dios Padre.

Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su propio Hijo, quien no ha venido para condenar al mundo, sino para que todo el que crea se salve por medio de Él (Jn 3,14-21). Y San Pablo nos dice que nosotros, estando muertos por el pecado, fuimos vivificados juntamente con Cristo por el gran amor y misericordia que Él nos tiene, por gracia hemos sido salvados (Ef 2,4-6).

El Hijo de Dios ha venido y ha sido elevado para que creamos en Él, fuente de vida. Ahí vemos palpable el amor del Padre, aunque nosotros lo hayamos rechazado, como Eva, como Israel en el Desierto. El amor del Padre es gratuito, sin reservas. El Hijo que conoce y vive en el amor del Padre, da testimonio de Él desde la Cruz y nos quiere llevar a conocerlo y creer en su amor. La salvación consiste en creer en Jesús Crucificado, el Hijo del hombre elevado, Luz y Vida. La salvación o la perdición no viene por una predestinación divina, sino que depende de creer o no creer en el Hijo Crucificado y glorificado. Quien no cree en el Hijo se excluye del amor y de la vida verdadera.

Recordando que este episodio forma parte del diálogo de Jesús con Nicodemo, podemos pensar que todo bautizado está invitado a seguir los pasos de este discípulo de Jesús, quien primero fue de noche a buscarlo (Jn 3,1); después abiertamente se declara seguidor de Jesús ante los Magistrados ¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace? (Jn 7,50), recibiendo una reprensión de parte de los suyos; y finalmente reafirma su fe en Jesús el Hijo de Dios, al pedir a Pilato autorización para retirar el Cuerpo de Jesús, junto con José de Arimatea, para ungirlo con “una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras” (Jn 19,38-42).

Nuestro camino cuaresmal hacia la Pascua es una ocasión para recordar y renovar aquellos dones recibidos en el Bautismo, pascua nuestra: el perdón de los pecados, pasando de la tiniebla a la luz; fuimos constituidos hijos de Dios; recibimos el don de la fe en Jesús, Hijo de Dios.