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P. Otoniel Ochoa Nieto, Coordinador del Sedec

La Muerte y Resurrección del Señor son dos caras de la misma moneda, pues si hemos muerto con Cristo viviremos también con Él (Rom 6,8). Por ese motivo, si en el catequista hay signos de la Cruz, también hay signos de la Resurrección en el ejercicio del ministerio.

“Si hemos muerto con Cristo viviremos también con Él” (Rom 6,8)

El catequista, mediante el servicio a la Catequesis, debe morir a muchos momentos y espacios que las personas generalmente tienen: fiestas, tiempo de descanso y asueto, dedicarse a otras actividades no necesariamente improductivas, etc. Sin embargo, el servicio a la Catequesis implica renunciar alguna veces a ellos. Definitivamente esto significa morir a sí mismos, como el Señor nos dice en su Palabra (Mt 16,24), pero morir a ellos no es un sacrificio en vano pues aquel que muere en el Señor también resucita con Él. Así, el catequista que ha renunciado a esos espacios también es bendecido con experiencias significativas, momentos, espacios y personas que le harán crecer y desarrollarse.

“Aquellos que hayan dejado casa, hermanos, tierras recibirán el ciento por uno (Mt 19,29)”

El Señor que nos ha llamado y nos invita a ser sus testigos conoce muy bien nuestras necesidades. Él nos invita a buscar primero su Reino con la confianza de que lo demás se dará por añadidura (Mt 6,33). En efecto, la promesa del ciento por uno significa importantes áreas de nuestra vida: la familia, la economía, la salud y una vida personal en la paz y el gozo en el Espíritu.

“Alégrense porque sus nombres están escritos en el Cielo” (Lc 10,20)

La mejor recompensa de un catequista es ser instrumento para que una persona se encuentre con el Señor y lo conozca. En efecto, el catequista no transmite sólo conocimientos, o una doctrina, ni siquiera una buena idea y un buen estilo de vida: transmite a la Persona de Cristo el Señor y Salvador (DCE 1), y la gran promesa para quien se ofrece como instrumento es la vida eterna que comienza ya desde esta vida. ¡Felices Pascuas de Resurrección!

P. Otoniel Ochoa Nieto, Coordinador del Sedec

La Muerte y Resurrección del Señor son dos caras de la misma moneda, pues si hemos muerto con Cristo viviremos también con Él (Rom 6,8). Por ese motivo, si en el catequista hay signos de la Cruz, también hay signos de la Resurrección en el ejercicio del ministerio.

“Si hemos muerto con Cristo viviremos también con Él” (Rom 6,8)

El catequista, mediante el servicio a la Catequesis, debe morir a muchos momentos y espacios que las personas generalmente tienen: fiestas, tiempo de descanso y asueto, dedicarse a otras actividades no necesariamente improductivas, etc. Sin embargo, el servicio a la Catequesis implica renunciar alguna veces a ellos. Definitivamente esto significa morir a sí mismos, como el Señor nos dice en su Palabra (Mt 16,24), pero morir a ellos no es un sacrificio en vano pues aquel que muere en el Señor también resucita con Él. Así, el catequista que ha renunciado a esos espacios también es bendecido con experiencias significativas, momentos, espacios y personas que le harán crecer y desarrollarse.

“Aquellos que hayan dejado casa, hermanos, tierras recibirán el ciento por uno (Mt 19,29)”

El Señor que nos ha llamado y nos invita a ser sus testigos conoce muy bien nuestras necesidades. Él nos invita a buscar primero su Reino con la confianza de que lo demás se dará por añadidura (Mt 6,33). En efecto, la promesa del ciento por uno significa importantes áreas de nuestra vida: la familia, la economía, la salud y una vida personal en la paz y el gozo en el Espíritu.

“Alégrense porque sus nombres están escritos en el Cielo” (Lc 10,20)

La mejor recompensa de un catequista es ser instrumento para que una persona se encuentre con el Señor y lo conozca. En efecto, el catequista no transmite sólo conocimientos, o una doctrina, ni siquiera una buena idea y un buen estilo de vida: transmite a la Persona de Cristo el Señor y Salvador (DCE 1), y la gran promesa para quien se ofrece como instrumento es la vida eterna que comienza ya desde esta vida. ¡Felices Pascuas de Resurrección!