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P. Otoniel Ochoa Nieto, Coordinador del Sedec

Estimados lectores de este espacio destinado a la Catequesis, en el numero anterior presentamos la temática que nos ocupará las próximas semanas: el Testimonio y su urgente necesidad en la evangelización. Continuamos adentrándonos en la naturaleza del mismo, reflexionando sobre los 5 rasgos que lo distinguen.

1. El testimonio por antonomasia es el de Cristo mismo. En efecto, Cristo mismo es el testigo por excelencia. Él nos da testimonio del amor del Padre y de su salvación mediante su Muerte y Resurrección. La prueba mas tangible de su mensaje es la cruz.

2. El testimonio se ofrece en virtud del Espíritu Santo. Nadie puede dar efectivamente testimonio si no es mediante la acción del Espíritu Santo. Lo dice el Apóstol al señalar: “El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rom 8,16). Por tanto, la verdad de Cristo puede ser comunicada, perfectamente reconocida, acogida e interpretada auténticamente sólo por el Espíritu en la Iglesia.

3. El Testimonio es una acción propia de todo fiel cristiano. En efecto, por su participación en el sacerdocio común en virtud del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, todo cristiano está llamado a ser testimonio de Cristo en el mundo. Ésta no es, de ninguna manera, una actividad de algunos expertos, de los misioneros en diálogo con otras confesiones religiosas. El testimonio es de todos los cristianos en todas las circunstancias de la vida.

4. El testimonio es concebido como culto espiritual hasta la santidad y el martirio. En efecto, el testimonio es además el culto espiritual agradable al Padre (Rom 12,1-2). A partir de esta concepción, nace la relación entre testimonio y santidad de vida.

5. El testimonio es un factor decisivo para la evangelización. A mayor testimonio, mayor evangelización. Si todo cristiano está llamado a ser testigo, todo cristiano está llamado a la difusión del Evangelio a los hombres más cercanos y a los más alejados.

Así, hemos de tener en cuenta la urgencia de conducirnos siempre como testigos del amor de Dios y su salvación.