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P. Otoniel Ochoa Nieto, Coordinador del Sedec

Un saludo cordial a todos nuestros asiduos lectores de “Catequizando Hoy”. El domingo pasado celebramos la última fiesta del Misterio Pascual: Pentecostés. La Iglesia entera recuerda que no sólo ha sido fundada por Jesús desde la Encarnación, pues ella no podría entenderse sin la acción del Espíritu que desde sus inicios la anima. Cada una de sus notas: Una, Santa, Católica y Apostólica, provienen de su acción contundente y perenne.

La última de ellas nos recuerda que la Iglesia es Apostólica porque está fundada en el cimiento de los Apóstoles de Cristo, pero además nos recuerda que, mediante su acción, recibe el poder de predicar y engendrar nuevos cristianos, testigos del amor de Dios y su misericordia. Es por ello que el protagonista principal de la misión evangelizadora en cada una de sus etapas, incluida la Catequesis, es el Espíritu Santo (EN 72).

Cada catequista ha de ser consciente de este poder y hacerlo operante. En efecto, toda sesión de catequesis tiene como objetivo principal el encuentro con Cristo y éste no acontece sin la gracia del Espíritu que actúa en el catequista y en el catequizando, actualizando su presencia en medio de la Iglesia. El catequista inquieto por cumplir su misión se deja llevar por su acción creativa buscando adaptar el mensaje de la manera más significativa, el mismo Espíritu además es quien lo fortalece en la prueba y en las dificultades.

Sin embargo, encontramos en muchas comunidades cristianas un desánimo en pastores y catequistas, una propuesta catequética basada sólo en recibir conocimientos, aprenderse un rezo, una experiencia carente de proceso y que en muchos casos no inicia en la vida en Cristo. Es por ello que la Catequesis necesita, en muchas de nuestras comunidades, un nuevo Pentecostés que suscite una primavera en la Evangelización y una renovación en la estructura coyuntural de la manera en como hasta ahora hemos llevado la Catequesis. Abrámonos a su acción poderosa y seamos dóciles a su inspiración.