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P. Leopoldo Sánchez Pérez

El miércoles pasado vivimos la alegría de recibir a nuestro nuevo Obispo diocesano Mons. Carlos Garfias Merlos. Regresó a su Iglesia madre, quien lo vio nacer y lo formó como sacerdote  e inicialmente como futuro obispo. Recibió de Mons. Alberto Suárez Inda, amoroso y generoso pastor de nosotros por cerca de 22 años, el báculo del Siervo de Dios Vasco de Quiroga. Desde ese día nos preside y guía como iglesia particular.

Este acontecimiento es muy importante para nosotros. Por eso en esta entrega vamos a reflexionar un poco sobre el papel pastoral que tiene el Obispo en relación con la diócesis que se le encomienda. Para esto voy a transcribir el número 164 de lo que dice el Directorio para el ministerio pastoral de los obispos que fue promulgado por la Congregación para los Obispos el 22 de febrero del 2014.

“Para que la Palabra de Dios alcance los diversos ambientes y personas, es necesario una estricta coordinación de todas las obras de apostolado bajo la guía del Obispo, “para que todos los proyectos e instituciones catequísticas, misionales, caritativas, sociales, familiares, escolares y cualquier otra que se ordene a un fin pastoral,  vayan de consuno, con lo que al mismo tiempo resalte más clara la unidad de la diócesis” (Christus Dominus, 17).

El Obispo involucre a todos los fieles individualmente y como miembros de las asociaciones en el apostolado diocesano. Esto se ha de hacer respetando la legítima libertad de las personas y de las asociaciones, para realizar los respectivos apostolado, según la disciplina eclesial común y particular, pero asegurando al mismo tiempo que toda iniciativa ayude al bien común eclesial.

El Obispo provea a organizar de manera adecuada el apostolado diocesano, según un programa o plan pastoral que asegure una oportuna coordinación de las diferentes áreas. Para la elaboración del plan, el Obispo comprometa a las diferentes oficinas y Consejos diocesanos: de este modo la acción apostólica de la Iglesia responderá verdaderamente a las necesidades de la diócesis y logrará aunar los esfuerzos de todos en su ejecución, pero sin olvidar jamás la acción del Espíritu Santo en la obra de la evangelización.

La elaboración del plan requiere un análisis previo de las condiciones sociológicas en las cuales se desarrolla la vida de los fieles, de tal manera que la acción pastoral sea siempre más eficaz y afronte las dificultades reales. El plan debe tomar en consideración los diferentes aspectos geográficos, la distribución demográfica, la composición de la población, teniendo presente las transformaciones acaecidas que puedan suceder en un futuro próximo. Debe dirigirse a la diócesis en su totalidad y en su complejidad, aun a los sectores lejanos de la cura pastoral ordinaria.

Después de haber estudiado oportunamente los recursos pastorales de evangelización y haber programado oportunamente los recursos pastorales, conviene inculcar un auténtico ardor de santidad en quienes trabajan apostólicamente, conscientes de que la abundancia de los frutos y la real eficacia serán los resultados no tanto de una perfecta organización de las estructuras pastorales, cuanto de la unción de cada uno con quien es la Vía, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14,6).