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Ante el desalentador rostro de la humanidad que está fragmentada, es probable que se dé una época diversa de la historia de la Iglesia, una época en la que el cristiano se encontrará en la situación del grano de mostaza, en grupos de pequeñas dimensiones, aparentemente influyendo pero viviendo intensamente contra el mal y llevando el bien al mundo, que deja espacios a Dios.

Grandes masas de hombres viven como si no hubiera Dios. El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente, habiéndose hecho demasiado evidentes los signos de la descristianización así como la pérdida de los valores humanos y morales fundamentales.

Pero la Iglesia ha relanzado su Doctrina Social que se demuestra particularmente actualizada. Ella se ha enriquecido con una sugestiva profundización teológica y antropológicamente capaz de exaltar los derechos humanos, el Estado de derecho y las mejores conquistas del liberalismo, la centralidad de la familia y el trabajo, la positividad del mercado y de la empresa en la vida económica, las grandes oportunidades y amenazas de la globalidad, el empeño por la paz y la solidaridad preferencial por los más débiles.

La defensa y promoción de la dignidad humana aparece hoy en día como cuestión capital. Tarea crucial es la de la salvaguarda de la dignidad trascendente de toda persona, jamás reducida a partícula de la naturaleza o elemento anónimo de la ciudad humana. La unidad de la verdad del hombre y la verdad de Dios marca el método que la Iglesia sigue para comprender toda realidad social; hace referencia a la común experiencia del hombre y a la atención a los signos de los tiempos.

La verdad integral del hombre es clave de juicio y de orientación de la política, del mercado, de la democracia así como norma de vida de todo ser humano. Y ello desde la auténtica convicción de que la riqueza de una nación son siempre sus hombres y mujeres, la dignidad de su razón y libertad, su conciencia moral, su capacidad de iniciativa, de laboriosidad, de don de sí mismo, de colaboración y solidaridad.

La tensión al bien común exige la solidaridad preferencial por los más débiles, los más pobres y sufridos, los desamparados, que no puede decaer en moralismos retóricos ni degenerar en asistencialismos clientelares y ni siquiera limitarse a las oportunas y urgentes políticas sociales agregadas. Es tarea urgente y ardua por ir creando las condiciones de mayor justicia social, de valoración y apoyo de sus propias posibilidades e iniciativas, de inclusión de sectores marginados en la vida y en el trabajo de la nación.

Situación todavía dominante en la actualidad es la de una diáspora empobrecida en su capacidad propositiva y mucho más decisiva de cristianos de diversas formaciones políticas. Esto expresa el hecho de que una misma fe puede dar lugar a opciones políticas distintas, pero también una debilidad de la misma fe, de la presencia, de la comunión, de la misionariedad, de la inculturación de la doctrina social por parte de los cristianos en los diversos ambientes de la convivencia.

El Magisterio de la Iglesia constituye un cuadro de referencia para todos los católicos. Donde no está en cuestión el magisterio revela aspectos impensados de la realidad, ayuda a calibrar mejor el juicio cristiano. Sin embargo en todo caso, la regla ha de ser la de buscar entre católicos el máximo de unidad posible porque pertenecemos al mismo cuerpo y el juicio último que se dará sobre nosotros no se dará sobre la base de las justas opiniones sostenidas, sino sobre el amor manifestado al acontecimiento de Cristo entre los hombres.

El compromiso de los católicos está adquiriendo mayor relevancia en el campo social, arraigados en los más diversos ambientes y situaciones, sea por el crecimiento y diversificación de voluntariado y prestaciones benévolas de servicios, sea por la multiplicación de sujetos, instituciones y obras de las más variadas, que expresan, o que recuperan, una iniciativa inicial.

La presencia cristiana en la sociedad no puede reducirse al voluntariado, en un activismo tan generoso como ansioso. La caridad no es para el tiempo sobrante que queda después de obligaciones familiares y laborales. Se manifiesta en la renovada conciencia de la vida matrimonial y familiar y del empeño de trabajo vivido como expresión, tensión educativa y signo de nueva sociedad en gestación, de relaciones más humanas.

Vivimos en un tiempo que llama a una conversión de la realidad. Hay que recomenzar desde la persona, más allá de los esquemas. Se trata de abandonar el pensamiento de que este modelo o aquel sistema, por la sola virtud de sus objetivos y mecanismos, pueda sustituir y dispensar el camino requerido en el corazón de la persona y en las actitudes culturales y comportamientos sociales que de ello derivan.

La Iglesia puede y debe tener más y mayor influjo en la vida de los hombres, puede suscitar corrientes vivas de transformación de la existencia personal y de la convivencia social, puede promover un ideal más plenamente humano de sociedad, sólo mediante el renacimiento de la fe.

P. Gustavo Martínez Jáimez*

* Director General de Cáritas Diocesana Morelia, I.A.P.