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La sociedad de los tiempos hipermodernos, además de poseer grandes riquezas, también parece que afirma de forma exagerada al individuo, no así a la persona humana. Si realmente se afirmara a la persona, no habría tanto abuso y atropello a la dignidad que significa el ser hombre o ser mujer. En cambio, sí se toman posturas a favor del individualismo, provocando injusticias para la inmensa mayoría y a favor de unos cuantos. Podríamos decir que se actúa en nombre propio, casi al grado de darle la razón a algunos psicólogos: la sociedad globalizada tiende vertiginosamente hacia un narcisismo que desvirtúa la persona y la comunidad.

El sacerdote es hijo de su tiempo y no está ajeno a esta realidad sociocultural porque vive inmerso en la comunidad y ésta influye hasta en la música, el cine, la comida, los adelantos tecnológicos, el lenguaje, el modo de percibir la realidad, etc. Y, por lo mismo, el sacerdote puede estar impregnado de la tentación de “actuar en nombre propio” o estar sutilmente ejerciendo su ministerio desde la perspectiva individual.

Quizá esto lo podemos constatar cuando los criterios para tomar decisiones son a partir de los propios intereses, necesidades, gustos, simpatías o antipatías. Y, cuando es así, puede haber serias dificultades para la comunidad creyente y para la autoridad eclesiástica porque no se puede disponer del sacerdote para un servicio que se le está solicitando, a pesar de estar “consagrado” al ministerio sacerdotal.

Sin embargo, la Iglesia y, en concreto, el sacerdote no perdemos de vista que, lejos de ser propietarios, fundadores o creadores, hemos sido enviados por el verdadero Dueño, Fundador y Creador de la Iglesia: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. El mismo Papa y los Obispos se saben “enviados” por el Maestro a “apacentar su rebaño”.

Y los sacerdotes de Morelia, seamos párrocos, vicarios o tengamos cualquier oficio, sabemos que somos sólo colaboradores del Proyecto de Dios y, en concreto, ejercemos nuestro ministerio como delegados del Obispo, titular de nuestra Diócesis. Es una fortuna que exista una ambiente respetuoso y fraterno de colaboración.

Una manifestación, entre otras, de este carácter como “enviado-delegado” es el ejercicio del Sacramento de la Reconciliación, que no lo tenemos por el hecho de ser presbíteros, sino a partir de la autorización que nos otorga la Iglesia, ya sea por el nombramiento que da el Obispo o por la actualización académico-pastoral que también promueve y exige él. Y como ejemplo está el próximo Curso de Renovación de Licencias Ministeriales para sacerdotes jóvenes que será del 31 de agosto al 4 de septiembre en la Casa “San Benito” de Morelia, adonde están convocados alrededor de 55 sacerdotes.

* Responsable diocesano de Formación Permanente del Clero.

 

P. Arturo Cisneros Vázquez*