sacerd

“Nuestra época promueve una identidad neutral, indefinida, independiente del contexto y carente de significado. En definitiva, al no encontrar sus propias raíces, los hombres y los pueblos tienden a poseer una identidad débil, disminuida, bloqueada”[1].

En estos días en que los mexicanos nos disponemos a vivir las fiestas patrias, han surgido propuestas de no festejar el grito de Independencia, ni las clásicas verbenas populares porque las condiciones sociales de corrupción, inseguridad, impunidad y desigualdad están a la orden del día. Sin embargo, vale la pena detenernos a profundizar un poco para buscar y encontrar caminos propositivos porque, a pesar de poseer como pueblo una cultura e historia que nos dan identidad, nos vemos impregnados de una superficialidad que nos conduce al desarraigo y al desecho de nuestras raíces más profundas que nos dan identidad. Y, desde la perspectiva eclesial, lo más grave es que esta crisis de identidad puede afectar a los sacerdotes, si así lo permitimos.

Es evidente, por una parte, la necesidad de buscar los espacios para “hacer memoria” de los hechos y personajes que nos dieron Patria, aun en medio del bullicio de los festejos. Y, si alguien tiene esta responsabilidad, somos nosotros los sacerdotes porque continuamos siendo parte de la cultura mexicana y forjadores de los cambios en las personas y en la sociedad desde el Evangelio, aunque ciertas personas o instituciones no lo quieran ver así por sus posturas de resentimiento anticlerical o cuando pretenden inculcar la dictadura del relativismo.

Por otra parte, no podemos perder de vista que Jesucristo, en medio de los vaivenes humanos, es el origen y destino de todo hombre y de todo el hombre. Por lo mismo, adquiere especial significado “la confesión” de Simón Pedro ante la pregunta del Maestro: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?”. Simón Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 15-16). Ante dicha respuesta, Jesús lo afirma como la “roca” sobre la que fincará su Iglesia (Cfr. Mt 16, 18). Este relato, aparentemente simple, contiene toda una fórmula en la dinámica relacional entre Dios y el ser humano: cuando el hombre afirma a Dios, Éste afirma al hombre. El sacerdote sabe, por experiencia personal y de veinte siglos, que si la persona y la comunidad humana visualizan y afirman la identidad de Dios, se consolida más la identidad de la persona humana y su realidad comunitaria.

Por lo mismo, el sacerdote del Presbiterio de Morelia ha de continuar creando “identidad” como pueblo aun en medio de la adversidad, hostilidad y superficialidad, propias de nuestra época. Y dicha identidad va de la mano de la concientización de quiénes somos y hacia dónde vamos desde el proyecto salvífico de Dios, que se hizo hombre hasta comprometerse radicalmente con la humanidad (Cfr. Flp 2, 5-11).

* Responsable diocesano de Formación Permanente del Clero.

[1] Leónidas Ortiz Losada, “El coraje de ser sacerdote hoy”, CELAM, 44, 2013, 37.

 

P. Arturo Cisneros Vázquez*