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† Mons. Juan Espinoza Jiménez*

En algunos lugares de la Arquidiócesis de Morelia existen, desde hace ya muchos años, comunidades de hermanos nuestros que profesan otro credo religioso, varios de ellos cristianos, porque reconocen a Jesucristo como Salvador. Y en las últimas décadas se han multiplicado en varios pueblos y ciudades comunidades y grupos religiosos de diferentes denominaciones, la mayoría de ellos venidos de Estados Unidos de América. Las relaciones entre los miembros de esas comunidades y grupos con nuestros fieles católicos no siempre ha sido cordial, respetuosa y mucho menos de colaboración mutua. A nivel de responsables, es decir, pastores y dirigentes con obispos y sacerdotes, la relación tampoco ha sido del todo favorable, a pesar de los esfuerzos realizados hasta hoy.

Nos cuesta trabajo aceptar la diversidad y la diferencia en nuestros valores religiosos tan arraigados. También de ambas partes se sufren las consecuencias de la indiferencia, de la falta de respeto y del proselitismo. En cuestiones de bien común y desarrollo, cada uno camina por su lado y no es fácil unir fuerzas para buscar soluciones comunes que beneficien a todos. Sin embargo, si analizáramos bien nuestras convicciones, valores e ideas religiosas constataríamos que son muchos los puntos comunes que tenemos, y muchas las razones y motivos por los cuales estar unidos y trabajar en comunión.

Hace algunos días, en concreto el día 1 de septiembre, participé en una reunión que se organizó desde el Celam con representantes de las Asociaciones Bíblicas Unidas, Asociaciones Bíblicas de Colombia y Asociaciones Bíblicas de Brasil. Los participantes de estas asociaciones eran hermanos de otros credos religiosos y pastores de otras comunidades religiosas, que tienen como fundamento la Palabra de Dios. Yo me quedé positivamente impresionado de ver la actitud de estas gentes; me agradó mucho el compartir, el escucharles, el orar juntos, el comentar de ambas partes la Palabra de Dios. Me llamó la atención la pasión que ellos manifiestan por la Palabra de Dios y su empeño por difundirla. Con ellos el Celam tiene algunos proyectos comunes dirigidos a niños, adolescentes y jóvenes, entre otros “discipulitos” y “lectionautas”. Estos proyectos tienen todo un proceso de formación bíblica, y la idea es que la Palabra de Dios penetre en las mentes y los corazones de los niños, adolescentes y jóvenes para que su visión del mundo sea contemplada desde el proyecto de Dios.

También el 7 de septiembre, el Celam recibió la visita de una delegación de representantes del Consejo Mundial de Iglesias (CMI). Este consejo agrupa a iglesias, denominaciones y comunidades de iglesias en más de 110 países y territorios de todo el mundo, que representan más de 560 millones de cristianos, incluidas la mayoría de las Iglesias ortodoxas, gran cantidad de Iglesias anglicanas, bautistas, luteranas, metodistas y reformadas, así como muchas Iglesias unidas e independientes. Al final del año 2013, el CMI contaba con 345 Iglesias miembros. Si bien la mayoría de las Iglesias fundadoras del CMI eran europeas y norteamericanas, hoy la mayor parte está en África, Asia, el Caribe, América Latina, Oriente Medio y el Pacífico.

En un ambiente muy familiar y fraterno, en el marco de una comida, los representantes del Celam abrimos las puertas, no sólo de la casa, sino del corazón, para acoger la visita de cortesía de estos hermanos miembros del CMI (v. foto). Durante la comida nos conocimos, intercambiamos ideas, experiencias de fe y de servicio desde cada Iglesia. El tema de la mediación de las religiones como aporte para la contribución a la unidad y a la paz, así como para mejorar las condiciones de vida, el anuncio y la instauración de un mundo justo, signo del Evangelio para todos los seres humanos, y en bien de las sociedades y los pueblos, fueron también temas abordados tanto por miembros del Consejo Mundial de Iglesias como por el Celam. En este encuentro me di cuenta que ellos, al igual que nosotros, trabajamos por objetivos comunes y que, además también ellos tienen una gran organización. Nos pusimos de acuerdo para darnos la mano en los proyectos comunes, particularmente, en lo que se refiere al cuidado de la Creación y al tema de la paz.

Un aspecto muy importante en el diálogo ecuménico es la aceptación serena y sincera de la presencia del otro diferente, con el reconocimiento teórico y práctico de su derecho a estar aquí y ser él mismo. Esta aceptación puede permitir que el objetivo del diálogo se plantee como la consecución de una “diversidad reconciliada”, donde la comunión no anula al otro, sino que le permite seguir siendo diferente. Esto, que en Europa o en América del Norte puede haber entrado hace tiempo en la conciencia colectiva cristiana, desafortunadamente todavía provoca resistencia en América Latina a raíz de la convicción de ser depositarios de una cultura católica aceptada y vivida por la mayoría de la población.

Creo que no se trata de caer en un relativismo religioso, “cualquier credo es igual y vale lo mismo”, sino de ir al fondo de nuestra fe cristiana que reconoce en el otro a un hermano, con el derecho de ser reconocido, respetado y aceptado. Aún nos falta crecer mucho en la caridad y profundizar más nuestra fe, dar signos concretos de amor al prójimo y estar dispuestos a colaborar en el bien común juntamente con aquellos que no piensan igual que nosotros o no creen lo mismo que nosotros. El amor supera todo. El Señor Jesús no nos quiere divididos, Él quiere que todos los que creemos en Él seamos uno.

Termino este compartir citando lo que el Documento de Aparecida afirma al respecto: En esta nueva etapa evangelizadora, queremos que el diálogo y la cooperación ecuménica se encaminen a suscitar nuevas formas de discipulado y misión en comunión. Cabe observar que, donde se establece el diálogo, disminuye el proselitismo, crece el conocimiento recíproco, el respeto y se abren posibilidades de testimonio común (DA 233). Trabajemos juntos en la promoción de un auténtico diálogo con quienes han optado por otros credos cristianos y religiosos, y unamos fuerzas para contribuir a la construcción de un mundo más humano, pacífico y justo.

* Obispo Auxiliar de Morelia y

Secretario General del Celam