sacerdote

En ocasiones, la gente de nuestra comunidad y aun de nuestra familia piensa que ser sacerdote se reduce a administrar los Sacramentos. Y, ciertamente, uno de ellos es la Eucaristía, centro de toda la vida cristiana, a quien se debe entregar en cuerpo y alma el sacerdote, pero ella no es sólo cuestión de “celebrar” la Misa.

La Eucaristía es tanto punto de llegada como de arranque en la vida de la Iglesia porque contiene tesoros insondables y misterios profundos, pero también es la Vida que engendra vida y Alimento que produce fruto abundante en la persona y en la comunidad creyente.

Misteriosamente el sacerdote ha recibido el Don de “hacer” la Eucaristía y ofrecerla al pueblo de Dios, pero también está llamado a “ser” Eucaristía en el pueblo y para el pueblo de Dios. Es decir, está llamado a ser signo vivo de la presencia salvadora de Dios y representante de la humanidad ante Dios, identidad más profunda porque ha sido constituido como puente entre Dios y las personas humanas. Existe una conexión intrínseca entre la humanidad y Dios a través de la persona del sacerdote, gracias a que participa del Sacerdocio de Jesucristo.

Sin embargo, el carácter sacerdotal del presbítero no es cuestión de sólo celebrar o administrar Sacramentos, sino que es mucho más que eso. Y uno de los aspectos claves en la vida y el ministerio del presbítero es entregar la vida para que “muchos” participen de la riqueza de los Sacramentos, en especial, de la Eucaristía.

Y, para poder atraer y facilitar el encuentro de las personas con Jesucristo que ofrece su propia vida en los Sacramentos, es necesario “hacer pastoral”. Hoy en día no puede entenderse un sacerdote que no se acerque a los niños, a los jóvenes, a los enfermos, a los matrimonios, a los divorciados, a los pobres, etc. para hablarles de Jesucristo y de su oferta salvífica. Hoy en día no puede entenderse el sacerdote que no prepara el corazón de las personas para que se dispongan al encuentro con el Señor. Hoy en día no puede entenderse el sacerdote de “Misa y olla”, es decir, no puede entenderse el sacerdote que sólo va a la mesa para la Eucaristía y a la mesa para comer. Hoy en día se necesitan “pastores” que acompañan a los grupos y las personas que se le confiaron; se necesita de pastores que, haciéndola de mamá-papá acompañan los procesos cristiano-espirituales de las personas para su encuentro con el Señor Jesucristo.

Uno de los quehaceres indispensables para ser cada vez mejores pastores es la Formación Permanente (FP) de los Sacerdotes. Se pretende que el presbítero esté sano física y psicológicamente, no para vanidad o brillo personal, sino para que sea testimonio congruente de los valores del Evangelio. Si la FP de los Sacerdotes se compromete para que estén mejor preparados intelectualmente, no es para pronunciar sólo bonitos discursos, sino para poder presentar mejor la persona de Jesucristo. Si la FP de los Sacerdotes procura favorecer espacios y tiempos para la oración íntima con el Señor, no es para hacer tres chozas y engolosinarse de la presencia de Dios, sino para llenarse de Él y darlo a los demás. Podríamos decir que la corona de la FP es la pastoral, aunque ésta no se entiende cuando se descuida la oración, la salud o la preparación académica porque dejaría de ofrecer a Jesucristo para ofertarse a sí mismo. Se podría decir que la pastoral es auténtica cuando el sacerdote cuida y desarrolla su dimensión humana, espiritual e intelectual.

* Responsable diocesano de Formación Permanente del Clero.

 

P. Arturo Cisnero Vázquez*