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P. Arturo Cisneros Vázquez*

Nuestro Seminario Arquidiocesano, fundado hace 245 años, ha tenido una larga tradición formativa en la espiritualidad ignaciana. De esto todavía pueden dar fe los sacerdotes mayores que estuvieron en Moctezuma, los que fueron nuestros formadores, y aun nosotros los sacerdotes de media vida, porque los Ejercicios Espirituales del Curso Introductorio y los de inicio de ciclo escolar siempre tuvieron esa tónica ignaciana.

Últimamente me he preguntado el porqué se buscaba que el presbiterio de Morelia se impregnara de dicha espiritualidad. Y considero que quizá se debía a la claridad y a la consistencia del principio y fundamento con respecto al fin último del hombre y al uso de la realidad intramundana, “tanto cuanto” me conduzca hacia Dios, siempre decidiendo lo que más y mejor me oriente a ese fin. Aunque también creo que tenía mucho que ver la firmeza, la disciplina y el coraje para seguir la voluntad de Dios, habiéndola encontrado.

Sin embargo, considero que uno de los aspectos centrales de la espiritualidad ignaciana para el clero diocesano de Morelia fue ese dinamismo de “ser contemplativo en la acción”. Y lo menciono porque el sacerdote diocesano está inmerso en el servicio a las comunidades hasta absorberlo, pero sin perder de vista que ese mismo ejercicio ministerial tiene sentido sólo si está íntimamente conectado a su fuente que es Jesucristo.

Considero que, hoy en día, gracias a la fragmentación, dispersión y debilidad de carácter propias de esta época, parece que necesitamos volver a las fuentes espirituales que inspiraron nuestra identidad presbiteral. Una de esas fuentes inspiradoras pudiera ser fijar profundamente la mirada en la Persona de Jesucristo y en su Espíritu para gustar de la auténtica “consolación” de Dios que consolida, transforma y configura al pobre hombre presbítero en sacramento vivo del Sumo y Eterno Sacerdote.

La Arquidiócesis de Morelia requiere de sacerdotes muy entregados a la comunidad y, a la vez, de sacerdotes de profunda oración. Ciertamente la fuente de la acción es la oración íntima con el Señor a quien se contempla prolongadamente hasta impregnarse de su presencia para poder ofrecer la salvación auténtica que procede de Jesucristo. El dinamismo entre acción y contemplación, podríamos decir, constituyen una parte importante de la identidad del sacerdote diocesano porque la contemplación de la Persona de Jesucristo lo empuja a servirlo en su Cuerpo Místico que es la comunidad eclesial. Y la acción pastoral ejercida entre los fieles coloca al sacerdote de rodillas frente a su Señor de quien depende todo el proceso de la evangelización.

El binomio contemplación-acción parece que fue de las fuentes inspiradoras para forjar sacerdotes en Morelia, y parece que fue el soporte en nuestro presbiterio. No sé si podríamos decir que dicho binomio sigue siendo clave y tan fuerte en la identidad del sacerdote de Morelia como lo fue antes, pero sí podemos retomar algunas pautas ignacianas porque, dadas las circunstancias actuales, los fieles de nuestra arquidiócesis necesitan sacerdotes “contemplativos en la acción”.

* Responsable diocesano de Formación Permanente del Clero.