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Al sacerdote la gente nos dice “padre” porque se nos ha concedido el don de transmitir la vida divina; pero también tenemos la tarea de acompañar los procesos de madurez cristiana hasta que den fruto y, por lo mismo, tenemos una misión profundamente “maternal”. El sacerdote y la Virgen Madre están íntimamente vinculados; el sacerdote necesita estar entrañablemente unido a María Santísima.

Por la naturaleza del ministerio sacerdotal, todo presbítero está llamado a ser discípulo misionero de Jesucristo al estilo de María Santísima, que supo darle acogida al Verbo Eterno ante el arcángel Gabriel (Lc 1,26-38) hasta darlo a luz (Lc 2,1-20). Lo que hizo Ella no se redujo a una mera disposición biológica, que ya es mucho, sino que le dio acogida en el “corazón” como perfecta discípula, y lo comunicó a la primitiva comunidad cristiana como auténtica misionera.

De ahí la importancia de que el sacerdote se acerque amorosamente, “contemplando en la Madre de Dios una existencia totalmente modelada por la Palabra… concibe en cierto sentido y engendra al Verbo de Dios en sí mismo: si, en cuanto a la carne, sólo existe una Madre de Cristo; en cuanto a la fe, en cambio, Cristo es el fruto de todos. Así pues, todo lo que le sucedió a María puede sucedernos ahora a cualquiera de nosotros en la escucha de la Palabra y en la celebración de los sacramentos” (Verbum Domini 28).

Precisamente por esto el presbiterio de Morelia, presidido por el cardenal Don Alberto Suárez Inda, peregrinó a Pátzcuaro el día 8 de julio a visitar la imagen de Nuestra Señora de la Salud, Patrona de la Arquidiócesis, que siempre nos interpela con su estilo de ser con los más pobres y afligidos, quienes acuden a Ella con finísima devoción y cariño porque “María, la Madre que cuidó a Jesús, ahora cuida con afecto y dolor materno este mundo herido. Así como lloró con el corazón traspasado la muerte de Jesús, ahora se compadece del sufrimiento de los pobres crucificados y de las criaturas de este mundo arrasadas por el poder humano” (Laudato Si’ 241). Esto nos coloca en el corazón de su Hijo que nos confió el rebaño de esta arquidiócesis.

Mantengamos nuestro afecto y devoción a María Santísima con el rezo del Rosario y con la celebración de las fiestas que nos presente la liturgia. Sigamos aprendiendo de Nuestra Madre, que sabe integrar y armonizar la contemplación como parte fundamental de la evangelización: “María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles. Es contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de cada uno y de todos. Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin demora» (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de Ella un modelo eclesial para la evangelización” (Evangelii gaudium 288).

* Responsable diocesano de Formación Permanente del Clero.

 

P. Arturo Cisneros Vázquez*