Leemos en 1Re 19,1-8 que Elías, cuando se encuentra fatigado y desconsolado, se queda dormido pero Dios le habla en el desierto para alimentarlo y fortalecerlo. Así también, para el profeta, Dios está al fondo de toda realidad: custodia y conduce la historia.

Al poner nuestros ojos en los cenobios, se nos perfila una tierra sobreexplotada y desgarrada, que se va convirtiendo en arena como un desierto. Nos rodea una tierra árida de derrota que, como a Elías, convierte a muchos en pesimistas, quejosos y desencantados, llenos de lamentos que ahogan el fervor y la audacia (RG 85).

Quien se llena de miedos no puede emprender una lucha confiada, y quien vive en el lamento no puede velar, sólo dormita. Pero la historia de Dios no se identifica con el fracaso aparente, como en el caso de Elías; la historia continúa porque está en manos de Dios, como lo está nuestra vida en la comunidad religiosa.

Un pequeño paso en medio de grandes límites es más agradable a Dios que grandes esfuerzos sin enfrentar dificultades. Los ojos cargados de sueño que han perdido la capacidad de discernir los movimientos de Dios que guían el camino, y no pueden reconocer los signos pequeños y frágiles de la presencia del Señor de la vida, han de despertar a la esperanza, morir al plan de seguir como siempre, disimulando la fragilidad, y abrir los ojos al Plan de Dios y decidir pasos pequeños pero firmes de renovación y cambio.

Al inicio de su Regla de Vida, San Benito lo expresa así: “Ya es hora de despertar del sueño, y con los ojos abiertos a la Luz divina, escuchemos atónitos la voz divina que diariamente nos advierte a gritos diciendo: ‘Si hoy escuchan su voz, no endurezcan el corazón” (RB Prol 8-9).

Luz y Palabra entretejidas despiertan el corazón del consagrado, esto mismo despertó a Elías del sueño de la derrota: la delicadeza de Dios, manifiesta por un mensajero que le toca y le invita: “¡Levántate y come!”(1Re 19,6), como diciendo: un profeta no se repliega sobre sí mismo; sal de ti, levántate y come.

Pan y agua, signo de alianza, es el pequeño gesto de Dios que cambió totalmente su situación y le dio la fuerza para levantarse y caminar.

A los consagrados nos urge crecer en la comprensión de la Palabra del Espíritu al modo que Dios nos muestra en este pasaje de la Escritura: salir de nuestras seguridades, abandonar el “siempre se ha hecho así” (EG 33), como el Papa Francisco, que nos invita a vivir juntos en permanente conversión para no dejar las cosas como están (EG 25). Saliendo de sí mismo llegó Elías a la montaña de Dios.

Quien gusta el sabor de Dios y admira la belleza de su Palabra, explota en una profesión de amor obediente al Plan de Dios, avanzando más allá de los propios miedos, como le ocurrió a Elías; el profeta respondió a Dios manifestándole su amor y su miedo.

Hay una presencia que vela junto a nosotros, tal como lo rezamos en el Salmo: “Nada temo porque Tú vas conmigo” (23,4). ¡Ánimo, a vivir esta alianza como la vivió Elías y a amarla con pasión!

Hna. Pilar Llera, FMA