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Este es uno de los retos de los consagrados: ¿En qué gastamos el tiempo? Fácil, decimos, en el apostolado, en el trabajo de escuela, en la oración, etc… Sí, es verdad, pero no acertamos a poner primero lo que verdaderamente es primero: las personas.

Es casi seguro que a nuestra generación del siglo XXI no se nos preguntará por los enormes esfuerzos con que trabajamos, ni por lo logrado en la actualización, ni siquiera por los proyectos que hemos o no realizado.

Es evidente que la vida consagrada se preocupa por su presente y futuro, pero no es tan evidente qué está ocurriendo con las personas en este trayecto.

Qué dedicación, qué diálogo y qué escucha nos estamos proporcionando.

El individualismo en su peor acepción se muestra en las decisiones sin contraste, en la vida a merced del impulso o en un horizonte mínimo en donde “Yo soy el Norte y el Sur”. Pero es también en el servicio de animación por mail, la sensibilización por asamblea, o la pertenencia sostenida por encuentros, reuniones, congresos, carteles…

A una realidad de quien camina solo, responde otra –peligrosa– donde se huye del encuentro personal, del acompañamiento en la normalidad, o la de hacernos preguntas por el sentido de la vida; por si la respuesta no es la esperada.

Recuperar el tiempo para los hermanos y hermanas es el primer principio de revitalización.

En un año como este de la Vida Consagrada que ya termina, antes que rótulos y convocatorias, debe aparecer una preocupación real por lo que somos.

No existe la vida consagrada de esta época, más allá de lo que vive, sueña y espera cada consagrada y cada consagrado.

Hoy es imprescindible un liderazgo con visión que sepa recuperar el tiempo al servicio de sus hermanos y hermanas, y no tanto al servicio de sí mismo. El consagrado crece en creatividad cuando hay un clima de confianza y no de control; además, trabaja en sintonía con el Reino cuando descubre que es valorado por sus hermanos.

Podemos gastar el tiempo si salimos de las redes de la eficacia y nos atrevemos a respirar el aire puro de la mística. Solo necesitamos dos cosas: Creer y querer. ¿Qué les parece?

 

Hna. Pilar Llera, FMA