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Hna. Pilar Llera, FMA

Para poder acoger la Palabra, hay que tener muy en cuenta la acción del Espíritu Santo, ya que la Palabra es inspiración de Él mismo; por tanto, solo los que se unen a su inspiración pueden leer, entender, acoger y practicar lo que nos trasmite la Palabra.

Solo Él, el Espíritu Santo, nos hace entrar en la profundidad de la Palabra, gustarla y saborearla.

La vida de los santos nos enseña que la Palabra acogida en lo profundo del corazón nos ayuda a vivirla y a comunicarla con un grito de alegría y de gozo interior que se revela en la relación con los hermanos.

Cuando hablamos de la Trinidad, aparece la elevación de Isabel Catez: “Dios mío, Trinidad a quien adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en Ti”.

Es en la oración donde se puede llegar a esta profundidad con la Palabra, y Teresa de Liseux dice: “La oración es un impulso del reconocimiento corazón, es una sencilla mirada lanzada al cielo, un grito de reconocimiento y de amor, tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”.

La oración nos lleva a la profundidad de la Palabra, sobre todo en la Liturgia de las Horas y en la Lectio Divina; en estos momentos el Espíritu actúa disponiéndonos a la escucha que acoge y responde a la llamada del Dios Uno y Trino que habita en nosotros y que entra en intimidad para transformarnos.

Pero para actuar en nosotros una transformación necesita nuestra apertura de corazón y la disponibilidad necesaria para recibir la Palabra; basta una simple invocación: “Ven, Espíritu Santo”, y si te encuentras distraído, invócalo y Él te orientará para que puedas encontrarte en lo profundo de tu corazón con la Palabra, y puedas darle una respuesta. Solo así podrás acogerla para después traducirla en gozo y paz en la comunidad dones que se comparten y construyen una comunidad que sabe escuchar a las personas, e iluminar las mentes de quienes se le acercan.